Chicos que molestan

Hace muchos años que un maestro me dijo que con los chavales difíciles son necesarias por nuestra parte “sangre, sudor y lágrimas”. Sorprendido por aquella aseveración, pregunté si no debería ser al revés. En absoluto, contestó, somos nosotros los educadores quienes tenemos que hacer el esfuerzo de entender, comprender y educar a esos chavales (junto a sus familias) y esa tarea es muy difícil, te hará llorar más de una vez, te exigirá un esfuerzo adicional pero después te reconfortará como ninguna otra porque habrás conseguido algo muy importante.

Rara es la semana que no hablo con compañeros, buenos profesores, apasionados por su trabajo, que no me dicen que tienen problemas con alumnos que molestan, que les quitan las energías por las veces que interrumpen, que están desmotivados por lo que se hace en el aula y que consiguen, con su actitud, desmotivarles a ellos mismos. Es una realidad que ha existido siempre, aunque quizás en diferentes proporciones. Lo cierto es que algunos chicos molestan en clase, manifiestan conductas disruptivas constantemente y dificultan el trabajo del profesor y el aprendizaje del resto de los alumnos.

Abordar la problemática de estos alumnos disruptivos desde el enfoque de la disciplina es una reducción que no ayuda a solucionar el problema, aunque en el corto plazo nos sirva para quitarnos de en medio a un alumno concreto. Como decía mi abuela, “muerto el perro, se acabó la rabia” pero tras una expulsión de clase, incluso del centro educativo, ese alumno volverá al aula con mayores, si cabe, ganas de seguir molestando, entrando en un bucle que no se acaba. La expulsión tiene muchos beneficios secundarios para los alumnos y también para los profesores.

En los últimos años, han aparecido numerosas iniciativas encaminadas a abordar la convivencia en el aula de una forma más sistémica y, sobre todo, a solucionar los problemas de disciplina desde enfoques no sancionadores. La mera imposición de sanciones, por sí sola, no resuelve el problema de convivencia en las aulas aunque sea la opción mayoritaria que usamos los profesores. Como decía, iniciativas como la mediación escolar, la resolución de conflictos entre iguales, las aulas de convivencia y otras muchas, dan fe de que existen formas alternativas para abordar este problema. El denominador común de estas iniciativas suele ser la implicación activa de alumnos y profesores, en la resolución de los conflictos en el centro, con formas alternativas de abordar los problemas.

El uso de sanciones como eje vertebrador de la convivencia tiene muchas limitaciones. Habrá que sancionar aquellas conductas especialmente graves, sin duda, mostrando de esta forma la gravedad de las mismas. Sin embargo, en el día a día, se aplican las sanciones a todo tipo de conductas, sin discriminar la gravedad o importancia de las mismas. El efecto conseguido es el aumento de las expulsiones de las aulas y de los centros educativos sin que haya la más mínima contención en las conductas que las provocan. Es como si el médico nos recetara unas pastillas para la tos que no tuvieran eficacia alguna y al ir a la consulta nos diera más de lo mismo.

Los chavales que molestan conllevan un exceso de atención que hace que se sientan importantes, que se conviertan en populares dentro de los centros. Desde los jefes de estudio pasando por los tutores hasta los orientadores, dedicamos mucho tiempo a tratar con estos chavales, a ver cómo mitigar sus conductas, de forma que muchas veces dejamos de lado otras actuaciones ante el constante flujo de alumnos con problemática disruptiva en el aula. Nos pasamos demasiado tiempo apagando fuegos.

Desde un enfoque no sistémico, algo podemos hacer… pero poco

Detrás de las conductas disruptivas de los chicos que molestan hay muchos factores: problemas familiares, desmotivación escolar, falta de expectativas, baja autoestima… En un alto porcentaje, en la familia se encuentran circunstancias que favorecen las conductas disruptivas de sus hijos: problemas de estabilidad familiar, ausencia de alguna figura (paterna o materna), falta de pautas de crianza correctas, proteccionismo, falta de límites adecuados, excesivo tiempo sin la presencia de los padres por sus horarios de trabajo, enfermedades, abandono, etc. Desde mi punto de vista, el trabajar con las familias debe ser el primer objetivo para poder cambiar las conductas de esos chicos, no para decirles lo mal que lo hacen sino para desde la escucha, proponerles un compromiso mútuo de cambio y de responsabilidad con sus hijos. Haré mucho hincapié en esto último. Las familias de chavales problemáticos suelen saber lo que tienen en casa y si sólo les recriminamos por este hecho, se ponen a la defensiva. Prefiero involucrarlos en un proceso de cambio en los que todos vamos a hacer algún tipo de actuación. En mi experiencia, hay un punto de inflexión en la que las familias de estos chavales pasan a pedir ayuda, a solicitar elementos de cambio, porque también sufren en casa las conductas de sus hijos. Estas familias, cuando se sienten escuchadas, suelen adoptar una nueva actitud frente a sus hijos aunque, también veo en ocasiones, que están tan cansadas que tiran la toalla.

Una vez que hemos abordado con la propia familia que existen problemas en el aula (y seguramente también en casa) tenemos que trabajar con el alumno en cuestión y con los profesores de éste. Con el alumno me interesa conocerle como persona en su globalidad, no sólo como el alumno que hace tal o cual cosa en el aula. Necesito tener una visión más amplia, es decir, desde sus amigos, relaciones sociales, uso de Internet, relaciones familiares, expectativas, atribuciones… hasta su vida como estudiante, su percepción de los estudios y lo que ocurre en el aula. No se trata de comenzar echándole una bronca para que se porte bien sino empezar conociendo a quien tengo delante y después averiguar porqué se comporta como se comporta. Este aspecto es clave, ya que la visión del porqué de las conductas de los alumnos es totalmente distinta a la que tenemos los profesores. En este proceso, el objetivo es que el alumno asuma la responsabilidad en sus conductas, que tome conciencia de porqué las realiza para después pasar a comprometerse con un cambio.

Naturalmente, para que estos dos procesos descritos no queden en sólo palabras es necesario tener claros algunos aspectos. Llegaremos a compromisos concretos, tanto con el alumno como con su familia, que revisaremos regularmente, y que dejaremos plasmados por escrito. En esos compromisos, igualmente, estarán los referidos al uso de servicios comunitarios, en caso de que sean necesarios, como talleres prelaborales, servicios de salud mental, educadores de calle, etc. Si queremos un cambio en algunas conductas de los chavales, tendremos que usar un método determinado (yo uso a Skinner) y un seguimiento semanal. A todos los acuerdos y compromisos a los que lleguemos, tenemos que involucrar al tutor, de forma que sea también una parte activa en el abordaje del problema ya que es la figura de referencia del alumno y su familias. Pero además del tutor, el resto de profesores deben involucrarse con el cambio porque si no no será efectivo. Si fuera tan sencillo como llegar a acuerdos entre familia y alumno con el orientador o el tutor, no habría problemas. La participación de los profesores del equipo docente será la llave a un cambio real con ese chaval. Así pues, los criterios de actuación con él deben ser comunes. En mi experiencia, aquí fallamos estrepitosamente, porque cada uno se hace una interpretación de lo que pasa y decide trabajar en su aula según su propio criterio, echando por tierra todo el trabajo realizado.

Luego está el problema de la desmotivación escolar de muchos de estos chicos. Perciben los estudios como algo aburrido y ajeno, que no les va a proporcionar ninguna llave para el futuro. Añaden a su desgana, el retraso en conocimientos académicos que hará progresivamente que su estancia dentro del aula sea únicamente interesante por encontrarse con sus amigos. El otro día uno de los alumnos expulsados de mi centro con el que hablo semanalmente me decía que hablara con él entre recreo y recreo porque así juega con sus amigos. Los estudios le importan bien poco pero sus amigos están en el centro. Por tanto, el reto es reenganchar a estos chavales al ritmo del aula, a que den valor a lo que aprenden. Cuando analizo las situaciones en las que ha habido problemas en las aulas, en muchas ocasiones, los problemas vienen motivados porque algunos profesores esperan que los alumnos estén en silencio todo el rato prestando atención a sus explicaciones sin moverse del sitio. Esta expectativa en Secundaria Obligatoria me parece una ilusión, una quimera, especialmente en el primer ciclo, máxime si el alumno permanece pasivo, sentado esperando a que, en el mejor de los casos, le pregunten, siguiendo las explicaciones en la pizarra o en el libro. De acuerdo que es lo que tienen que hacer, y con una mayoría de chavales esto funciona. Sin embargo, con los chavales que molestan, su propia desmotivación escolar les lleva a no soportar esa dinámica de clase y,en consecuencia, interrumpir.

Llegados a este punto, entramos en la cuestión de la gestión emocional del aula. Creo, sinceramente, que los profesores no estamos preparados para la gestión emocional del aula. Teniendo en cuenta la cantidad de interacciones que se producen en el aula, nos preocupamos casi exclusivamente en la tarea y el control de la disciplina y dejamos de lado el aspecto emocional. Sin un clima de aula adecuado no es posible el aprendizaje, algo que siempre intuí y ahora los científicos ponen de manifiesto. Los profesores no estamos formados en este aspecto y no sabemos interpretar las interacciones del aula en clave emocional. Desconocemos las emociones de los chavales y tampoco las sabemos encauzar. La inmensa mayoría de las veces, además, ocultamos cómo nos sentimos frente a lo que ocurre dentro de clase. Creo que ganaríamos an autenticidad si fuéramos capaces de expresarnos emocionalmente, alumnos y profesores.

Desgraciadamente, con los chavales que nos ponen al límite, nos despegamos en ocasiones de nuestro rol profesional y entramos en una lucha sin cuartel dejando que nos afecte emocionalmente. ¿Cuántas veces se escuchan en pasillos o salas de profesores frases como “este alumno se las va a ver conmigo”? ¿Cuántas veces escucho en el despacho de orientación “ese profesor se las va a ver conmigo”? A muchos profesores se les hace muy cuesta arriba entrar en algunas aulas de Secundaria. No les falta razón pero el método que usan para superar la situación no sirve porque la expulsión tiene fecha de caducidad; ese alumno que molesta volverá al aula.

¿Podemos soñar con una Escuela sin chicos problemáticos?

Desde luego quienes trabajamos en la enseñanza pública y en las etapas obligatorias sabemos la respuesta: no. Pero es que, además, esos chicos que molestan tienen el derecho de aprender como el paciente fumador tiene el derecho de ser atendido por un médico. Desde hace unos años, la escolarización obligatoria llega a los 16 años y el derecho a permanecer en los centros de Secundaria se amplía hasta los 18 años. Así que habrá que buscar nuevas soluciones a un problema que ya es viejo, demasiado viejo.

Podemos aplicar viejas soluciones a nuevos problemas; podemos aplicar nuevas soluciones a nuevos problemas pero no podemos aplicar viejas soluciones a viejos problemas.

Entender cuál es la cultura del centro educativo nos va a ayudar a que abordemos los problemas de disciplina desde una perspectiva más amplia que la individual. Parece que los centros en los que hay un alto nivel de participación de la comunidad educativa y un alto nivel de motivación e implicación del profesorado, se dan unos niveles altos de aprendizaje y los problemas de convivencia se reducen drásticamente. En estos centros hay un alto grado de implicación de las familias (pero no sólo para organizar la fiesta de fin de curso) en la vida diaria, incluso entrando a participar en las aulas como colaboradores y ayudantes del profesorado. En estos centros educativos con menos conflictividad (excluyendo a los que seleccionan al alumnado socialmente, claro), existe una cultura del centro en la que se trabaja más en equipo, en la que se abordan los conflictos con la participación de toda la comunidad educativa, donde el centro se convierte en un referente emocional para los chavales y sus familias. Y dejo para el final algo muy importante: existe un liderazgo institucional y motivacional por parte de los equipos directivos.

Todas las comunidades autónomas en España han convocado concursos de buenas prácticas sobre convivencia, bueno, casi todas. Estas buenas prácticas son un ejemplo de que mis palabras no son teorías ni de que hablo de otros países. Hablo de colegios e institutos públicos, en su inmensa mayoría, que se han dado cuenta que no pueden seguir haciendo lo de siempre porque no funciona, sencillamente.

En Asturias tienen encuentros anuales sobre convivencia; Castilla y León premió a los centros destacados por las buenas prácticas; Aragón premia sus centros destacados; el País Vasco hace lo propio; Cantabria tiene sus premiados. En Madrid tenemos pocos ejemplos, al menos que yo sepa. Andalucía tiene un portal específico sobre convivencia con buenas prácticas y mucho más… podría seguir, basta con buscar en Google para ver que sí existen alternativas a la gestión tradicional de la convivencia promovidas incluso desde la propia administración. Luego hay alternativas, claro que las hay.

Pero me podéis contestar que es fácil mejorar la convivencia en centros donde apenas hay conflictos. Sin embargo, la mayoría de los centros de los que hablo tienen altos niveles de alumnos inmigrantes, de etnia gitana y de alumnado socialmente desfavorecido, en consecuencia, tienen muchos repetidores, un alto grado de fracaso escolar  y un alto grado de absentismo. Estos centros dan un giro radical en el abordaje de la convivencia al centrarse en el aprendizaje como motor del éxito y al cambiar la forma de gestionar los conflictos dentro y fuera del aula. Como una vez escuché a otro profesor:

Nada motiva más a un alumno que aprender.

No me extenderé más, pero es posible abordar el problema de la convivencia desde perspectivas globales, de centro educativo en las que los alumnos son parte de la solución y no sólo del problema.

Si otros han podido, ¿porqué nosotros no podemos?

REFERENCIAS

Comunidades de Aprendizaje. Página del movimiento en España. Sus centros se transforman buscando un sueño compartido por la comunidad educativa en el que el éxito y la convivencia son ejes del mismo. Centros adheridos al movimiento.

Colegio La Paz, de Albacete. Pasó de ser un gueto a un colegio con esperanza, alegría y mejores resultados. Un cambio apoyado desde la Administración Educativa.

Otra Escuela es Posible. Proyecto para soñar y transformar la Escuela.

Portales de convivencia de las Comunidades Autónomas:

Asturias, AragónGalicia, Andalucía, C. Valenciana, La Rioja, Cantabria, Cataluña, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura, Islas Canarias, Islas Baleares, Madrid, Navarra, País Vasco, Murcia, y de Ceuta y Melilla me ha sido imposible encontrar nada (dependen del Ministerio de Educación directamente pero no tienen portales específicos sobre el tema).

50 opiniones en “Chicos que molestan”

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  2. Allá voy:

    Genial el principio, me parece una gran verdad : sangre, sudor, lágrimas, y grandes alegrías.

    Primera duda:

    “Rara es la semana que no hablo con compañeros, buenos profesores, apasionados por su trabajo, que no me dicen que tienen problemas con alumnos que molestan, que les quitan las energías por las veces que interrumpen, que están desmotivados por lo que se hace en el aula (¿los profes o los alumnos?) y que consiguen, con su actitud, desmotivarles a ellos mismos.”

    Más:

    “tras una expulsión de clase, incluso del centro educativo, ese alumno volverá al aula con mayores, si cabe, ganas de seguir molestando, entrando en un bucle que no se acaba. La expulsión tiene muchos beneficios secundarios para los alumnos y también para los profesores” ¿No es contradictorio con entrar en el bucle?

    La explicación sobre métodos alternativos para abordar el conflicto, con sus ventajas, y los inconvenientes y ventajas a corto plazo del método basado en la sanción, toda la argumentación es magnífica, y a mi me ha ayudado a entender muchas cosas

    “nos preocupamos casi exclusivamente en la tarea y el control de la disciplina y dejamos de lado el aspecto emocional”

    Completamente de acuerdo, pero el control de la disciplina es un cierto clima de aula, diferente de “Hacer posible y fomentar actitudes que optimicen el aprendizaje”, que podría ser lo mismo, sin la connotación que, al menos para mí, tiene el concepto “disciplina”

    La parte de educar a las familias, me encanta verla escrita, tan clara y contundente

    “Desde mi punto de vista, el trabajar con las familias debe ser el primer objetivo para poder cambiar las conductas de esos chicos, no para decirles lo mal que lo hacen sino para desde la escucha, proponerles un compromiso mútuo de cambio y de responsabilidad con sus hijos. Haré mucho hincapié en esto último. Las familias de chavales problemáticos suelen saber lo que tienen en casa y si sólo les recriminamos por este hecho, se ponen a la defensiva.”

    Sencillamente, magnífico.

    “¿Podemos soñar con una escuela sin chicos problemáticos? Desde luego quienes trabajamos en la enseñanza pública y en las etapas obligatorias sabemos la respuesta: no”

    Y yo añadiría, “ni falta que hace”, porque en la sociedad HAY personas problemáticas, molestas, y es bueno, desde mi punto de vista que la escuela sea, en cierto modo, un reflejo de esta sociedad (aunque también un refugio); y porque es una ocasión de mostrar y fomentar actitudes adecuadas ante este tipo de personas: protegerse sin herir, tratar de comprender, y si es posible, contribuir a resolver.

    Además, estoy convencida de que el sistema actual es parte del problema, como apuntabas más arriba: el cambio metodológico que proponemos (aprendizaje activo y significativo, motivación, contextualización, colaboración, comunidad…) acabará con la parte de problemas que crea la propia escuela anquilosada y rancia, academicista y vuelta de espaldas a una realidad que no le gusta…

    Enhorabuena por este GRANDÍSIMO post, Víctor. Realmente, comprendo y comparto muchísimo más de lo que discuto.

    Abrazos y besos

    (y recuerda, tenemos una conversación pendiente ;D)

    1. Veamos, tengo compañeros que trabajan con metodologías activas y que intentan motivar a los alumnos pero que igualmente tienen problemas con alumnos disruptivos. llega un punto en que ni si quiera les importa lo que se hace en clase, especialmente si llevan años desconectados. En esas ocasiones, estos alumnos desmotivan a los profesores que incluso dudan de lo que hacen.

      Lo del bucle es sencillo: se portan mal, se les expulsa, vuelven al centro y se repite el esquema. Los beneficios de ello son para los chavales estar en la calle (normalmente, sin el control de los padres), no someterse al control del centro educativo, etc. Para el profesorado, es evidente, estos chicos dejan de molestar en el aula. Por eso, es demasiadas ocasiones, se busca que se repita el esquema.

      Como bien dices, el concepto de disciplina es controvertido. Lo he usado al escribir aunque no suelo utilizarlo en el trabajo. Siempre hablo de clima de aula y de convivencia porque creo que refleja mejor una forma de abordar los conflictos del aula. Te doy toda la razón.

      Tus dos párrafos finales los suscribo al 100%. En el fondo la Escuela no es sino el reflejo de la sociedad en la que vivimos y la sociedad es diversa, en la sociedad hay conflictos, hay problemas, hay diferentes. Lo que es diferente es la capacidad de enseñar a afrontar esa diferencia, esos conflictos y esa diversidad de formas distintas para evitar, como dices, que la Escuela sea parte del problema en vez de parte de la solución.

      Muchas gracias por tus comentarios y aportaciones.

      Un beso

  3. Hola Victor!

    Gracias por este estupendo post. La verdad es que todo lo que dices no es más que una realidad cotidina por desgracia, pero creo que realmente el cambio es factible. Yo siempre pienso que detras de toda causa hay un efecto, todo tiene un motivo. El mayor problema que veo es que muchas veces los maestros y las maestras no somos capaces de ver esos efectos, o lo que es peor, no queremos verlos. Hay algo muy importante que dices, y es que si no tenemos en cuenta a las familias, no conseguiremos que nuestra escuela empiece a cambiar. Esto es una verdad como un templo y es algo que está más que demostrado.

    El clima del aula como las emociones y problemas dentro de ella, es algo sencillo de solucionar, es decir, hay que plantearse que esta pasando. Generar un clima de aula donde todos y cada uno de los alumnos se sientan que pueden ser ellos y ellas mismas no tiene porque ser una utopia, más bien deberiamos pensar que es posible. Como bien dices, muchos alumnos y alumnas necesitan una fase de “desintoxicación” del sistema, necesiten gente les escuche y les valore, y no vale solo con ciertas horas al dia. De lo que se trata es de estar todo el centro unido para conseguir que esta desintoxicación pueda llevarse a cabo, y cuando hablo de centro, me refiero a todas y cada una de las partes involucradas en el proceso de crecimiento personal de cada alumno y cada alumna, con lo que se hace imprescindible, el cambio de visión de la escuela como carcel hacia un visión mucho más abierta, donde todos y todas puedan tener acceso a las aulas y lo que allí dentro pasa.

    También es cierto que uno de los mayores problemas es que lo que sucede dentro del aula muy poco tiene que ver con lo que le sucede fuera, y eso, el alumnado lo nota, lo siente, y por ello actua como actua. Necesitamos replantearnos seriamente si lo que estamos ofreciendo dentro del aula tiene algún sentido, y si no lo tiene, pensemos que debemos hacer. El cambio debe de ser global, a pesar de que los cambios locales también son realmente importantes y pueden llegar a producir cambios importantes. El otro dia, en #novadorsOM tuve la suerte de compartir algo de lo que aquí hablas con @asarbach, @jordi_a, @voxgraeca y @FrancescLlorens. Alejandro comentaba que en su instituto cada maestro y cada maestra es tutora de unos 7 alumnos/as, con lo que la atención recibida es mucho más directa, asi como la relacion con los padres y madres de este alumnado. Me parece una gran idea para empezar.

    Nuestro alumnado necesita ser valorado, necesita sentir que es importante y que se le escucha, sobretodo, que se le escucha y se le entiende. El problema es que nuestras programaciones de contenidos absurdos no nos permiten pararnos a tratarlos como personas con un sinfin de necesidades si no que los tratamos como mero números receptores de información a los que voy a evaluar. Estoy convencido, de que cuando la relación personal con los alumnos y alumnas, empieza a cambiar, su actitud también empieza a cambiar. El aprendizaje cooperativo es una buena muestra de como puede cambiar el clima del aula y los alumnos y alumnas con serios problemas de conducta empiezan a cambiar.

    Evidentemente, los partes, expulsiones y demás no solucionan nada ya que como muchas otras cosas que hacemos en educación, no son nada más que parches, parches que se olvidan de tratar de solucionar el problema de raíz, y así no llegaremos a ninguna parte. Por ello, es importante que nos planteemos si realmente los alumnos y alumnas que tenemos delante, son importantes para nosotros o simplemente continuan siendo objetos de nuestro trabajo.

    Espero no aburriros mucho y siento dejarme muchas cosas en el tintero!!! ;D Un abrazo!

    1. Qué decirte, Jaime, estoy muy de acuerdo con tus apreciaciones. El tema del cariño, la cuestión de las emociones, el contraste entre lo que los chavales viven fuera y dentro de los centros educativos, la disciplina…

      Hace más de veinte años, trabajaba en un Aula-Taller con chicos conflictivos, recién salido de la Escuela de Magisterio. Recuerdo el choque que me provocó el no poder hacerme con el aula, el no poder conectar con chavales que tenían en sus espaldas enormes problemas y lo que menos les importaba era aprender nada relacionado con la Escuela. Entonces, en aquel primer año que pasé realmente mal, aprendí el valor de la escucha, del afecto, de la comprensión, del límite que se pone sin dañar la autoestima, de las necesidades afectivas de estos chavales dentro y fuera del aula. En muchas situaciones me sentí impotente ante lo que pasaba en mi aula pero todos los días nos reuníamos para hablar del qué y del cómo:

      – Hemos hecho esto y aquello
      – Fulano está mal, creo que le pasa esto o esto otro
      – No puedo más, fulano me saca de mis casillas

      Aquellas reuniones al finalizar la jornada eran el espacio que teníamos los educadores para poder confrontar nuestro trabajo, compartirlo y, sobre todo, tener nuestro colchón emocional. Eso nos permitía, por ejemplo, analizar los conflictos que teníamos en las aulas y encauzarlos de otra forma, en la que los chavales se implicaban de forma activa.

      Cuando entré en la Escuela formal, todo eso desapareció. Los contenidos marcan el día a día en nuestros centros dejando de lado tantos aspectos importantes.

      En fin, seguiremos soñando con una Escuela en la que incluso los chicos que molestan pueden encontrar un espacio.

      Un abrazo y gracias por tus aportaciones.

  4. Genial, Victor, ahora sí que lo he entendido. Perfectamente. Y me parece muy acertado el análisis.

    Creo que parte de la solución la aporta también Jaime @olmillos, espacio y tiempo para escuchar. En mi versión, cuando a pesar de todos los esfuerzos en aula, no marcha la cosa, es que hay mucho que hacer fuera del aula. Lo veo como “Urgencias” o “UCI”: si no estás estabilizado, no te pueden bajar a “planta”, y a nadie se le ocurre llevarte a “planta”, y todo el mundo (pacientes, médicos, familias, administradores, enfermeras) admite que esto es así. Igual me estoy metiendo en un jardín… porque esto nos lleva a hablar de inclusión, y tal vez debamos repensar qué significa “inclusión”, porque ésta no puede ser a costa del futuro de algunos chavales…

    Definitivamente, la inclusión necesita muchos, muchísimos más recursos de los que ponemos…

    Bueno, que me enrollo mucho. Más abrazos y gracias por las explicaciones 😀

    1. Querida, estás poniendo el dedo en la llaga. Los que molestan, los que tienen discapacidad, los que son de etnias distintas, los que no saben castellano… la inclusión es una opción política y, en nuestro país, un derecho social. El derecho a la Educación no es privilegio de sólo los alumnos aventajados, me temo. Con esos es muy fácil trabajar.

      Volviendo al símil médico, lo fácil es operar algunas patologías (aunque siempre puede haber errores médicos); lo difícil, es hacer un, por ejemplo, trasplante de cara. Se hace en equipo y se visualiza como un sueño porque hasta que se ha hecho el primero, era imposible.

      Si pensamos que educar es imposible con algunos alumnos, apaga y vámonos.

      Abrazos para ti 😀

      1. ¡Menos mal! por fin encuentro algo muy valioso, tanto para mi autoestima como para mi trabajo. Estaba convencida de que éramos unos pocos locos “oenegeros” (permíteme el palabro) o abogados de las causas perdidas los que quedábamos en las escuelas, pero veo que somos muchos.
        Muchos compañeros no entienden que la razón de ser de nuestro trabajo es garantizar un derecho fundamental y que ningún niño tiene la culpa de tener unas condiciones sociales o familiares determinadas. Desgraciadamente me tropiezo a diario con “profesionales” que sólo quieren trabajar con los guapos, listos y bien vestidos y si son nacionales mejor, y te salen con el argumento de que ellos no tienen la culpa de que algunos niños no tengan un entorno adeucado, una familia despreocupada o una situación socioeconómica difícil y que poco a poco van aislando a estos alumnos sin darles ni una oportunidad. No saben lo que se pierden. Lo triste es que el alumnado también se lo pierde.
        Gracias y un abrazo

  5. Quizá mi opinión no tiene mucha relevancia, porque soy de las que nunca se han sentido suficientemente mal en clase. Soy mediadora en el colegio, quizá porque tengo una habilidad especial para aplacar niños difíciles, aunque hay un secreto para ello: aparte de la empatía que necesita todo niño complicado, aparte de la “brujería” (según ellos, ¿¿¿cómo puedo saber tanto de cómo se sienten???), siempre he creído en la autoridad moral por encima de la autoridad por la fuerza.
    Por sistema, jamás expulso a un niño de clase y no pongo partes de incidencias. Me dedico al conocimiento, a la psicología y al diálogo; procuro que me respeten por lo que soy, por cómo les trato y cómo les respeto yo a ellos. Y una vez consigues eso, lo demás es más sencillo.
    No es lo mismo decir: Adriana, o te sientas o te largas; estoy harta de tu comportamiento!!!. Que decir, sin levantar la voz: Adriana, por favor, siéntate que ya llevas un rato de pie y tengo que empezar mi clase, gracias. Aunque la verdad es que hay días en que dan ganas de salir gritando ;)))
    La autoridad se gana con el respeto, el mútuo conocimiento y la comprensión. Si no, de nada valen unos gritos que están hartos de escuchar desde que nacieron.

    1. Me encanta el enfoque que aportas a la discusión. Efectivamente, el poder del encuentro y la escucha rompe barreras, especialmente las defensivas. Tú tienes autoridad moral y eso no se gana a golpe de decreto ni por el hacho de ser profesora.

      Creo que voy a proponerte un taller sobre el tema para este verano, por si te animas.

      Un abrazo

  6. Necesitamos comprender que cuando los niños llegan a primaria a los tres años de vida ya tienen una estructura y función cerebral desarrollada en una experiencia socioemocional que la determina. El cerebro es el único órgano del organismo cuyas 5/6 partes se desarrollan despues de nacer y es experiencia socioemocional dependiente. Existen numerosos estudios cientificos a nivel internacional que corroboran la relación que existe entre el tipo de crianza y las capacidades para el aprendizaje y regulación emocional,,para llegar a la autoregulación es necesaria una regulación diadica primero, y eso escaseq, porque si los propios padres, cuidadores, no conocen sus propios estados internos y los saben regular, es casi imposible que los niños lo puedan hacer. Las experiencias de amor son imprescindibles para el desarrollo de un cerebro funcional con desarrollo del lobulo frontal y region prefrontal que da las capacidades para la empatía, para distinguir e inhibir las conductas violentas, ya que la dopamina y endorfinas que se segregan con estas experiencias son las que estimulan este desarrollo..y esto ocurre muy tempranamente, en los dieciocho primeros meses de vida,, con el desarrollo de los circuitos de la dopamina y el de inhibicion,, los limite con reparacion.. recomiendo a Schore autor que trabaja estos temas,, los miedos la violencia no solo inhiben este desarrollo sino que además hacen mas reactivo las estructuras de las bases cerebrales, las de alarma, que si que estan desarolladas al nacer, su periodo d e desarollo es en el tercer trimestre de gestacion, e incluso se ven afectads por el estres de la madre o miedos en este periodo,, sentirán el mundo como peligroso y tendran acciones consecuentes a las mismas,, defensivas o violentas..El cerebro es plástico y solo con experiencias de amor, comprensión y respeto podremos ayudar alos niños a desarrollar todas sus capacidades, con las que nacen, y que si no lohacen es por los miedos a los que son sometidos,, Tiempo es de financiar una educacion de calidad en esta primera infancia desde la gestación, para prevenir (y dar amor, a los que nunca tuvieron esa experiencia), periodo ignorado y tan importante y no solo para la educacion y aprender, tambien para la salud fisica y mental a corto, medio y largo plazo… tambien recomiendo las paginas web www. excellence-earlychildhood.ca http://www.childtrauma.org http://www.zerotothree.org Saludos y demos Amor, que eso crea endorfinas , dopaminas y estimula el desarrollo funcional,,cuanto antes comencemos evitaremos sufrimientos inutiles para todos.

    1. Milagros, muchas gracias por tu aportación.

      Ciertamente el poder del amor, del cariño y del afecto es enorme. El problema surge, especialmente en la adolescencia, en los inevitables conflictos dentro del aula. Como dice Isabel Ruiz, entonces es imprescindible ser capaz de tener empatía hacia lo que sienten los chavales y ser capaz de ofrecerse como un modelo distinto en la resolución del conflicto.

      Desde luego, también los adolescentes necesitan de nuestro afecto y cariño aunque vayan de duros por la vida.

      Saludos

  7. Te felicito por el post, que comparto. Ahora centrémonos en divulgar esas experiencias alternativas, en buscar nuestros propios caminos porque cada centro es único y en no tirar la toalla. Pero para ello hay que tener la actitud adecuada. Si los planes frscasan suele ser porque los docentes no quieren realmente aplicarlos porque no se los creen. Hasta que no aprendamos que nuestro trabajo es ayudar a todos, también los que molestan, no cambiarán las cosas. Por eso empiezo en mi blog con propuestas como la de hacer paredes más gruesas, porque muchas veces los alumnos que molestan se definen por un orden que ya no es el bueno: hablan, interrumpen, y eso no debería verse como algo malo.

    1. Buena reflexión, Eduideas, muy acertada. Comparto contigo que tenemos que ayudar a todos, sin duda y, desde luego, que un aula no es una sala con silencio sepulcral. Demasiadas veces si planteamos otra forma de trabajar dentro del aula, las molestias desaparecen, ¿verdad?

      Un saludo

  8. Hola a tod@s,

    tengo muy poca experiencia en las aulas pero si he podido observar que uno de los puntos fundamentales de estos ” chicos que molestan”son las expectativas que tanto maestr@s, familia e incluso orientadores tenemos sobre determinado tipo de personas. Quizás incluso nosotros no lo notamos pero estamos seguro y sabemos que los alumnos si.
    Cuando llego a una clase con otro profe que me deja su aula para la observación de aula ya noto que me dice aquel chico es…aquel otro…estableciendo desde un principio con quien va a tener problemas y con quién no…
    Por lo demás, comentar que estoy totalmente de acuerdo con ustedes y como se ha comentado ya por aquí, estamos viviendo un reflejo de la sociedad. Lo positivo es que hay personas que intentan cambiar eso.
    Saludosss

    1. Carlos, acabas de introducir otro elemento importante en el debate, que es el de las expectativas, en este caso negativas, y el Efecto Pigmalión. Si pensamos de antemano que una clase o un alumno es malo, es muy probable que acaben siendo malos.

      Este comportamiento de algunos profesores tiene un efecto perverso en la autoestima y en los propios roles de los alumnos que, invariablemente, van a tender a levarlo a la práctica. Cuando se “pone la etiqueta de malo, conflictivo, torpe…” se está haciendo algo más que juzgar, se está echando una losa y predeterminando mi relación como profesor con ese chaval o ese grupo de chavales.

      Gracias por tu aportación

  9. Este es el gran tema. Lo que diferencia a quien se considera profesor de quien se considera educador. Qué pasa con los alumnos “difíciles”.

    Desde luego, quien sueñe una escuela sin chicos problemáticos, no sueña una escuela: sueña un gueto. Cuando algo te gusta, te gusta por lo fácil y por lo difícil. Por “lo bueno” y por “lo malo”. Aunque cuando algo te gusta lo malo y lo difícil es lo que más te apasiona, porque supone un reto.

    Por suerte para nosotros los alumnos difíciles siempre van a estar ahí, para recordarnos que no sabemos todo lo que creemos que sabemos, para darle la vuelta a la tortilla, para abrirnos los ojos. Los chicos difíciles, los que se resisten a pasar por el aro, son generalmente subestimados. Son mucho más inteligentes de lo que aparentan, entre otras cosas, porque las emociones intensas que experimentan bloquean su capacidad de razonamiento. Si no tuvieran esas emociones, todavía demostrarían ser más listos de lo que ya demuestran ser. Llevar la contraria en ocasiones es un juego, es divertido. Pero también es duro enfrentarse a la inercia de un gran grupo, demostrar los sentimientos que uno tiene cuando no son bien recibidos.

    Me quedo con muchas ideas de tu artículo y de los comentarios. Lo de la tutoría compartida de Alejandro que cuenta Jaime es muy interesante. Gracias por abrir esta reflexión.

    1. Gracias por tu participación, Aida. Realmente haces hincapié en el reto que supone trabajar con chicos difíciles. Al plantearlo como reto te obligas a sacar lo mejor de tí misma, a poner en juego todos los conocimientos que tenemos (o deberíamos tener) como educadora. Desde el punto de vista de la mera transmisión de conocimientos, la presencia de un chico que molesta nos impide desarrollar nuestra clase, es cierto; si lo vemos por el lado educativo y nos acercamos a él de otra forma, llegará el momento en el que también pueda interesarle aquello de lo que estamos hablando.
      Si la metodología del aula implica participación, diálogo, intercambio… es más fácil que un chaval de los que molestan encuentre acomodo. Si en la clase hay más de un profesor o más de un adulto, mejor que mejor; si hay trabajo en grupo que permita que unos se ayuden a otros en algún momento de la clase, todavía mejor…
      En definitiva, creo que también me plantearía relacionar el tipo de metodología que usamos con las probabilidades de disrupción dentro del aula.

      Un saludo

  10. Leyéndoos se me ensancha el espíritu y me ratifico en la convicción de que otra escuela y otro mundo es posible.
    Primero por el atrevimiento de abordar los problemas de cara: “¿Podemos soñar con una Escuela sin chicos problemáticos? No” Segundo por la valentía de reconocer las propias limitaciones:
    “Los profesores no estamos formados en este aspecto y no sabemos interpretar las interacciones del aula en clave emocional. ”
    Tercero por ver tanta gente buscando soluciones sin desfallecer.
    Hace poco mis compañeros de proyecto me preguntaron:
    Si tuvieras que definir tu profesión en pocas palabras ¿Cómo la definirías?
    El maestro, la maestra son personas de carne y hueso adultas que se juntan un montón de horas con un montón de personas de carne y hueso infantiles y luchan denodadamente porque éstas les hagan caso y se interesen por cosas generalmente poco interesantes para ellas. Desde esta perspectiva, la garantía de fracaso está prácticamente asegurada.
    Cuando esto ocurre, a veces las personas adultas de carne y hueso no se resignan al fracaso, se cubren con una coraza de hierro y consiguen que las personas de carne y hueso infantiles les hagan caso, pero muchas de ellas sufren heridas de diversa consideración y algunas quedan mortalmente heridas.
    Otras veces esas personas adultas de carne y hueso sienten el fracaso del sistema como algo personal y quedan a su vez mortalmente heridas e incapacitadas para buscar ninguna alternativa.
    Pero si esas personas adultas no se resignan al fracaso ni lo consideran como algo personal y quieren seguir siendo de carne y hueso sin corazas, se ven abocadas a buscar incansablemente el camino hasta el corazón de todas y cada una de esas personas de carne y hueso infantiles, entendiendo por corazón lo más profundo de sus mentes, sus líneas de pensamiento, su manera de ver y desear, sus sentimientos y las causas de su actuación en cada momento.
    Esto es un trabajo agotador y apasionante. Consiste por decirlo simbólicamente en lanzar y recoger hilos en un permanente juego interactivo. Cuando este juego se convierte en unidireccional deja de ser educativo. Sólo es interesante para una institución generadora de fracasados entre las personas de carne y hueso adultas y las personas de carne y hueso infantiles que la forman.
    Así las cosas, definiría brevemente mi profesión como la de “incansable descubridor de caminos hacia el interior de las mentes infantiles y compañero de viaje de su crecimiento”.
    ¿Qué si mi profesión es un motor en mi vida?
    Pues sí, sin lugar a dudas. No sólo porque es un reto constante. Es muy satisfactorio percibir el crecimiento y la explosión de vida a tu alrededor. Rejuvenece y aporta energías para cambiar la institución desde dentro.

  11. Gracias Víctor y a tod@s los que habéis comentado esta magnífica entrada. Aquí hay realmente mucho para aprender.

    Me gusta la idea de la escucha que subraya Víctor. Con frecuencia a los profes nos cuesta darnos cuenta de que los “chicos que molestan”, aunque de manera poco adecuada, con sus “disrupciones” también se expresan y participan. Lo difícil es poder reconocer su mensaje y realizar una devolución positiva siempre que se parta de la base que no nos están diciendo nada y que lo único que desean es “distorsionar” la clase.

    Se que a pesar de los años que podemos llevar trabajando en esto no es una cuestión fácil de gestionar.

    Saludos y ánimos 🙂

    Alejandro

    1. Gracias por tu aportación, Alejandro. Realmente, el tema de la escucha es uno de los más importantes para poder llegar a los chavales que molestan. Sólo después de años sin que hayan tenido esa oportunidad, con algunos chavales es difícil encontrar un punto de encuentro, pero son la excepción.
      En general, cuando escuchas, llegas a la persona y desde ahí es posible el cambio. Yo lo he vivido muchas veces y quizás sea la lección más importante que e aprendido en mis años de trabajo en la Educación.

      Un abrazo

  12. Hola,

    Estoy de acuerdo en bastantes puntos pero leyendo los diferentes comentarios me da la sensación de que, en cierto modo, se ensalza a la figura del alumno “conflictivo” al decir cosas como: “si no fueran conflictivos demostrarían que son mucho más inteligentes” o “gracias a estos chicos los profesores mejoramos en muestra profesión”.
    Yo discrepo de esta perspectiva y, lamentablemente, lo que hasta ahora he visto que mejor funciona en cuestión de disciplina es el temor. Es cierto, es lamentable pero todos los compañeros que tienen más experiencia que yo me dicen lo mismo.
    Yo no quiero resignarme a tener que hacer lo mismo que uno de mis colegas (http://manuel-rastrero.blogspot.com/2010/11/castigos-en-clase.html) y siempre que alguno de mis alumnos se dedica a hacer de todo menos trabajar en lo que propuesto le pido que se quede algunos minutos para hablar. En ese momento le expongo la situación (que ellos no niegan) y busco (buscamos) el motivo de tal comportamiento y, al final, trato de llegar a un acuerdo (siempre verbal, nada escrito) para que se implique más en su aprendizaje. Lo que pasa es que esta “estrategia” más humanística dura una semana y los “problemas” vuelven. Solo es en los casos en los que se evoca una reunión con padres cuando en sus ojos se percibe la auténtica preocupación (horror) y notas cierta mejoría.
    Yo me digo, y les digo, que es triste tener que llegar a ese punto para que se den cuenta de su responsibilidad y actúen en consecuencia.
    La immadurez es tal en muchso de mis alumnos que no se preocupan en aprender sino en divertirse, y todos sabemos que no siempre es posible aprender divirtiéndose.
    Esos alumnos “problemáticos”, como los otros, tienen que tomar conciencia de lo que está en juego y no creo que tengamos que centrarnos en éstos para “que se sientan mejor” sino que el profesor ha de “escuchar” a todos los alumnos.

    1. Gracias por tu opinión, Manuel. Discrepo de tu tesis inicial que dice que lo mejor/único que funciona es el temor. Iré por partes.
      Puedo argumentar, como tú, tanta experiencia para en ella basar mis opiniones, así como hablar de experiencias de éxito vividas en primera persona y que puedes encontrar, como cuento en la entrada, en todas las Comunidades Autónomas. Hay un denominador común: la convivencia no se basa en el temor y la resolución de conflictos no se basa en la aplicación de sanciones.
      Todas las experiencias de éxito en la resolución de conflictos en el aula parten de establecer un clima de aula determinado, de fomentar los cauces de participación del alumnado y las familias y, también, en los cambios en la forma de dar clase. Tenemos que ser muy conscientes de que es imposible que en las clases haya un silencio sepulcral y que siempre va an existir los alumnos disruptivos, esto es un hecho. En ningún momento hablo de que no se atienda a los otros, de hecho comento del esfuerzo que te supone como profesor trabajar con ellos. Pero una vez dicho esto, tengo muy claro que los alumnos tienen derecho a la educación hasta los 16 años, sean como sean, y que trabajando en el aula, la diversidad de alumnado y las situaciones que viven hacen que sea fácil encontrarse dificultades y problemas, todos los días. Nuestro trabajo es ser educadores y ser capaces de que nuestros alumnos aprendan, no de que enseñemos mientras pasivamente están recibiendo la lección.
      Hablas de inmadurez de los alumnos, no sé de qué edades hablas, pero desde luego, con doce, trece, catorce y hasta los dieciséis años ¿qué esperamos, que sean maduros¿ ¿Acaso nosotros lo hemos sido en la adolescencia? Madurez y adolescencia son dos términos prácticamente contrapuestos. Trabajamos con chavales, todos ellos, que son un hervidero de emociones y, por lo tanto, una fuente de conflictos potencial.
      Por último, quiero hablar de la motivación, del trabajo en equipo, de las metodologías activas, de no hacer todos los alumnos lo mismo en clase a la vez… te aseguro que los problemas disminuyen de forma radical. A los chavales, como a nosotros, nos aburre profundamente estar sentados horas escuchando a un profesor detrás de otro contando su asignatura, tomando apuntes, teniendo una actitud pasiva. ¿Acaso no se despierta su interés cuando trabajamos de una forma distinta?
      Por último. Nunca he dejado de poner límites en el aula a los chavales que son disruptivos. Nunca he dejado de ejercer la autoridad, pero lo hago de forma distinta que poner castigos. Creo que como profesores tenemos que ganarnos la autoridad moral de nuestros alumnos y persuadirles para que hagan su trabajo. De forma excepcional, hay chavales que no responden a esto y entonces entran en juego otras variables, pero son la excepción, no la norma.

      En fin, prefiero la motivación a el castigo.

  13. Víctor, quizás no me expliqué bien. No creo que el temor sea lo que mejor funcione sino que es lo que más he oído decir de mis colegas con más experiencia. Yo sólo llevo un par de años como profesor de secundaria y, como he dicho en mi mensaje anterior, trato de adoptar una postura humanista con mis alumnos, ya sean alumnos disruptivos o no. El primer paso que doy es hablar con ellos pero, como decía, no me suele funcionar.
    Quiero que este aspecto quede claro: no apoyo los castigos y creo que no son la solución, al menos la más eficaz.
    Con lo que no estoy de acuerdo es con la visión de que la existencia de alumnos perturbadores es necesaria y (me ha parecido leerlo en algún comentario) aconsejable. Que este tipo de alumnos seguirán iendo a las aulas parece, en principio, inevitable y tienen todo el derecho (no solo por ley sino también moral por todas las partes) de asistir al aula. Sin embargo, estos alumnos, como los otros, deberían tomar, repito, conciencia de su situación y aceptar las responsabilidades porque sí, creo que un adolescente puede (no oso decír debería) tener cierta madurez para saber qué está en juego. Madurez en el sentido de ser conscintes de que tienen derechos y deberes, de que su comportamiento tiene efectos (positivos y negativos) en los demás pero sobre todo en ellos. Madurez en, como mínimo, percibir que no todo es instantáneo sino que a veces se requiere esfuerzo para lograr las cosas. En fin, creo que se entiende lo que quiero expresar.
    Después está el tema sobre la metodología donde yo englobaría no solo el cómo y el qué dar en la clase sino también el aspecto afectivo. Y es cierto que en esto los profesores solemos flaquear bastante.
    Los alumnos no son tontos y se dan cuenta rápidamente si un profesor va a pasar la hora o si hace que la hora sea lo más provechosa posible para todos, a pesar de las dificultades que supone enseñar (y dejarse enseñar) por 30 alumnos repletos de hormonas a punto de estallar.

    1. Hola de nuevo Manuel:

      Te he entendido ahora mejor. Dices que la experiencia de tus compañeros es la que te guía a ver que los resultados mejores en materia de convivencia se obtienen usando el temor y el castigo. Me reafirmo en lo que te comentaba antes: las mejores experiencias (y más exitosas) en materia de convivencia son las que consiguen reducir los conflictos en las aulas y aumentar el rendimiento académico. En el 100% de los casos, el sistema de castigos no ayuda a ninguno de los dos objetivos, como está demostrado que para curar un cáncer hay que usar las tecnologías y medicinas más avanzadas y no sirve ir a Lourdes, hacer dietas milagro o cosas parecidas, que se hacían durante tiempo y no servían para nada. Perdona la comparación, quiero con esto decir que también en educación hay métodos que funcionan y métodos que no, por mucho que sean aplicados masivamente en las aulas. Insisto en que somos uno de los colectivos más reacios a los avances científicos, a la innovación y al cambio, por el simple argumento de que es mejor lo que se ha hecho siempre, aunque los resultados sean nefastos.
      Creo, por otra parte, que no se trata de valorar como positivo que haya alumnos disruptivos en las aulas, sino que el algo inevitable y que va a ponernos frente a un reto permanente obligándonos a ser profesionales.
      En ningún otro gremio profesional, las dificultades se eliminan sino que se busca cómo superarlas. ¿Por qué no hacemos esos nosotros?
      Por otro lado, creo que, como dices, tienen que aprender a ver lo importante de la formación, del respeto, del esfuerzo, etc, pero tenemos que motivarles, acercarles los contenidos a sus vidas, hacer que aprender no sea aburrido simplemente porque “siempre ha sido así” o “porque toca”. Ellos viven un contraste permanente entre lo que son capaces de aprender por sí mismos fuera del aula y de lo que aprenden en la Escuela. Cada vez más, no necesitarán nuestro modelo de Escuela porque no les está enseñando nada válido para su futuro, y esto merece una reflexión.
      Nada más de acuerdo contigo con el tema afectivo, la cuestión emocional del aula. Somos un conjunto de emociones interactuando y, como bien dices, ellos se dan cuenta de qué profesor es capaz de recoger este aspecto tan importante para la vida.

      Un saludo

  14. Se nota tu trayectoria anterior. La vivencias personales son las que forjan a los profesionales.
    Hay un claro ejemplo: uno empieza a trabajar en un bar de copas donde casi todos los días vienen personas con problemas de alcohol aprende a convivir con ellos, posteriormente cuando trabaja en un restaurante de lujo y otros camareros se escandalizan con un borrachín, a ese experimentado barman el borrachín le parece alguien a quién cuidar y atender mejor que a los aparentes encorbatados, incluso le infunde respeto y cierta curiosidad.
    Se necesitan 3 años en educación para desbloquearse y creo que otros 3 para anular el fenónemo contratranferencial y es necesario pasar por ahí para intervenir eficazmente con chavales díscolos.
    Cuando se inicia el cambio a base de recompensas y halagos la inercia les imprime esa velocidad que aman. La resiliencia.
    Debemos creernos agentes resilienciales. Además los que más chillán son lo que más lloran.
    Me ha gustado tu post me recordó mis días de PGS.
    Salud !!!

    1. Gracias Gorka por tu bonito comentario. Me gusta el análisis que haces de la resilencia y cómo debemos convertirnos en agentes resilenciales. Ciertamente, detrás de esto esta el tema de las emociones en el aula, aparte de la metodología y las expectativas que tienen los alumnos de lo que ofrecemos los profesores.
      Es cierto que hablo desde mi experiencia personal, obviamente, porque aprendí la importancia de estos temas en mis comienzos con chavales difíciles. Fue muy duro el primer año pero después aprendí muchísimo y nunca olvidaré que detrás del chaval más difícil siempre hay una persona que siente y a la que puedes llegar desde sus emociones.
      De mis primeros alumnos, algunos están muertos, otros en la cárcel, otros casados con hijos… al menos algunos salieron adelante y eso me llena de orgullo, tanto por mi, como por el resto que trabajábamos en equipo con ellos.

      Un saludo

    2. Este post de Victor, con todos sus comentarios, me está resultando una fuente inagotable de ideas y argumentos. Este comentario tuyo, Gorka, me da alas para mantener un pensamiento que no me atrevía a tener ni en secreto: creerme “agente resiliencial”. Gracias. De verdad.

  15. Hola Víctor, al igual que ustedes soy maestra, pero en México. También trabajo en el nivel de Secundaria, con chicos adolescentes. He leído todos los comentarios y estoy de acuerdo con la mente, aunque el corazón anda un poco más separado de estas líneas.

    Personalmente, siempre he creído que los problemas de disciplina tienen mucho de solución con la educación de las familias, con el cambio del docente. Pero en el camino echo de menos al verdadero actor del asunto: AL ALUMNO. A veces, he visto con tristeza como padres y docentes nos lanzamos en agrias discusiones o prometedoras pláticas de compromiso mutuo sobre el problema del comportamiento del chico o de la joven, mientras que ést@, en un rincón del salón, escucha distraído la música de su celular. Vamos, ¿qué no podríamos traerle de regreso? ¿Involucrarlo? Más allá de oír su problemática, de empatizar con él, de crear ambientes de resiliencia y de adecuar los temas de la materia para que los encuentre significativos, ¿NO PODRÍAMOS HACER QUE EL CHICO SE HICIERA RESPONSABLE DE SU CONDUCTA Y SU DESEMPEÑO?

    Honestamente, entendemos que tratamos con jóvenes que pasan por momentos de búsqueda y afirmación de su personalidad. Que las hormonas corren a mil dentro de su cuerpo. Pero también es cierto que la responsabilidad es un baño que nos toca a todos y a menudo eso parece que sólo compete a los mayores. En el centro donde trabajo, hemos comenzado a llamar a los padres, a pedirles que nos apoyen para no sobreproteger al joven, para exigirle actitudes y trabajo, para que a pesar de sus deficiencias de estudiante se incorpore al estudio y cumpla con trabajos y tareas.
    Algunos ponen cara de enfado, de desesperanza: llevan años buscando solución a “ese chico que no hace más que platicar y ver tele”. Los que toman el reto se van a casa motivados, sabiendo que se trata de un trabajo conjunto entre el centro escolar y la casa.

    Los chicos cuyos padres les proveen cariño y firmeza, suelen mejorar abruptamente el comportamiento. En la escuela procuramos entonces el reconocimiento, el halago, el premio al esfuerzo, la constancia. De vuelta, incluso el reconocimiento a los padres para seguir en lo acordado. Pero al final, el esfuerzo mayor recae en el alumno. El padre es responsable. El docente proveerá contenidos adecuados y tratará de empatizar. Pero a quien toca hacer la labor de trabajar por lo que incluso, no encuentre ni divertido ni útil, es al muchacho. A veces, me parece que un trago de medicina amarga de vez en cuando, les hace mucho bien.

  16. Hola Maggi:

    Estoy de acuerdo contigo en que los alumnos deben hacerse cargo de sus conductas y afrontar las responsabilidades de las mismas, hasta ahí podíamos llegar. Es parte de su educación el asumir las consecuencias de sus actos y que aprendan a estar y convivir con los demás. Donde discrepo contigo es el rol que asignas al maestro, al pensar que debe “proveer de contenidos y tratar de empatizar”. Creo que es condición indispensable para ser educador el conocer a los alumnos, conocer cómo sienten y cómo son, además de usar las metodologías adecuadas para sacar lo mejor de sí mismos. En este sentido, el esfuerzo, me vas a perdonar, es del profesor sin que por ello el alumno esté exculpado de sus deberes y responsabilidades.
    Creo que no podemos vincular la exigencia de que el alumno se porte bien, que existe desde luego, con la de que el profesor haga su trabajo con profesionalidad, dejando de lado ésta si el alumno no se porta bien. ¿Acaso un médico no actúa con responsabilidad ante el paciente, sea cual sea su actitud o seguimiento del tratamiento?
    ¿Trabajar aunque no sea divertido ni útil? A los adultos podemos exigirles que trabajen ante algo que no es divertido porque deben ganarse la vida, pero en estos tiempos que corren pedir a los alumnos que asuman el aburrimiento y la inutilidad del aprendizaje como norma me parece excesivo. No podemos justificar que un alumno se comporte mal, sí debemos comprender porqué ocurre, pero no podemos justificar tampoco que un profesor haga de su clase algo aburrido e inútil, no estoy de acuerdo en absoluto.

    Un saludo cordial

    1. Víctor, entiendo lo que dices.

      Quizá mi comentario sonó a que los contenidos “aburridos e inútiles” serían la totalidad. No es así. Pero hay cosas que lo serán. A lo que me refiero es al hecho de que el maestro DEBE saber con quién trabaja (adolescentes que están acostumbrados a la televisión y a los videojuegos, al Facebook y a celulares) y organizar, preparar, desarrollar y buscar contenidos, dinámicas, trabajos que sean adecuados para los chicos en edad Secundaria. Pero también está la realidad de que hay elementos que no podrán pasar por el filtro y convertirse en emoción pura. Recuerdo un comentario de Jaime Escalante, maravilloso profesor de matemáticas que comentaba: “Es importante el sentido del humor, pero hay días en no puedo hacerlos reír cuando una ecuación se sale de control”.

      Te puedo asegurar que en muchas ocasiones, habrá algunos contenidos y algún tratamiento de la materia (y aquí quiero subrayar ALGÚN, ALGUNOS) que no serán asimilados de la forma que el maestro lo desea. Así haya sido planeado con cuidado, antelación, estudio, gusto, deseo, etc. Dicen los mercadólogos que no hay grupo de edad más voluble que los adolescentes y eso se refleja en muchas cosas.

      Hablo de esto porque lo sé y lo conozco. Llevo 16 años trabajando con jóvenes de secundaria y no hay año en que repita una sola clase igual a la otra. Cada una se adapta al grupo, al momento, a las necesidades. Pero también es cierto que los chicos entienden cuando les pido que estas o aquellas cosas (las menos) las deberán aprender así, en seco, sin el lubricante del juego, del multimedia, de las mil danzas de la didáctica.

      Estoy siempre a favor de los chicos. De que aprendan y se entusiasmen. De que perciban las clases como un gusto y un placer. Pero a veces no podemos llevar magia pura a los salones. A veces, también requerimos que los chicos se levanten de sus butacas y formen parte del acto más maravilloso que sucede en las escuelas: aprender.

      Un abrazo con cariño.

      1. Maggi, tienes toda la razón. A veces ponemos los mejores ingredientes para hacer el pastel pero las cosas fallan. Es cierto que, además de nuestros ingredientes, los chavales deben hacer su esfuerzo, no tienen excusa, tienen que aprender.
        Mi abuela decía “a un burro le quisieron hacer obispo y no quería”.

        Un abrazo y gracias por tus aportaciones.

  17. Cuando ves que hacer una revisión del plan de convivencia de centro consiste en que los tutores hagan una lista de posibles comportamientos disruptivos y a su lado la lista de posibles “castigos” y se pide que se publique en cartulinas puestas en las paredes de las aulas para que todos los niños aprendan las normas, da la impresión de que no se ha entendido muy bien lo de la “perticipación del alumnado en la elaboración de las normas”, o lo de “hacer reflexionar sobre la resolución de conflictos”.
    Cuando algunos osamos sugerir que a lo mejor era más efectivo conocer la dinámica de comportamientos, relaciones entre los alumnos y posibles conflictos que pudieran surgir y cómo prevenirlos, la respuesta fue que “no podemos perder el tiempo en esas tonterías” o que “Sólo faltaba que me dijeran a mi los alumnos cómo tengo que llevar mi aula, disciplina es lo que hace falta”,…En fin, que no se si llorar o pedir la baja por depresión.

    1. Lola, sobre todo cuando los sistemas tradicionales NO sirven para mejorar la convivencia en los centros porque se siguen repitiendo, día tras día, los mismos problemas. Pero seguimos aplicando las mismas soluciones aunque no sean eficaces y descartando cualquier alternativa, no sea que funcione, es decir, no sea que tenga que moverme de mis planteamientos en los que estoy tan cómodamente instalado.

      No pidas baja por depresión, pásate por twitter y comparte los buenos y no tan buenos momentos.

      Un saludo

  18. Primero agradecer el esfuerzo y contínua búsqueda de esa “otra manera” de entender la Educación que practicas/áis. Y segundo, me gustaría aportar la referencia de la “Asociación para la mejora de la Convivencia Escolar” que he conocido recientemente, y que además de recopilar experiencias aporta su grano de arena con trabajos como el de Pedro Uruñuelas y otros:
    http://blogs.adosclicks.net/convives/

  19. Bajo mi punto de vista los alumnos que no saben convivir, que se portan mal y que faltan al respeto a compañeros y profesores deberían poder ser expulsados del sistema. Porque están impidiendo el derecho de sus compañeros a recibir una educación de calidad y el derecho que tiene el profesor a desarrollar su trabajo en un ambiente tranquilo.
    Estoy hasta las narices de que el buen rollismo y armonía universal se hayan instalado en las aulas. Es como si a un delincuente no le impones la pena por un delito que ha cometido e intentas hablar con él y cambiar la metodología para entender por qué comete los delitos que comete. Hay verdaderos delincuentes en las aulas, hay centros escolares que son verdaderos guettos y que tienen alumnos conflictivos con los que se prueba de todo sin conseguir nada. Y al final, lo que pasa es que esos alumnos tienen más protagonismo que sus compañeros que no abren la boca (y que pierden ese derecho a recibir una educación de calidad).
    Sé que voy a recibir negativos y críticas pero es lo que hay. Una cosa es un alumno respetuoso pero desmotivado, que no trabaja. Pero otra cosa es el alumno que falta al respeto al profesor y con el que no se puede hacer nada porque el niñito tiene derecho a todo y ninguna obligación. Cuando se acaben las contemplaciones con este alumnado y se observen sus obligaciones (que parece que solo tienen derechos) habremos ganado todos.
    Y ni metodologías activas ni leches, que hay profesores que las emplean y tienen que seguir aguantando a los objetores escolares de turno que entran en clase cada día a ver cómo pueden reventarla. Y luego encima se quejan (ellos y sus papis) si se les aplica el RRI.

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