Chicos que molestan

Hace muchos años que un maestro me dijo que con los chavales difíciles son necesarias por nuestra parte “sangre, sudor y lágrimas”. Sorprendido por aquella aseveración, pregunté si no debería ser al revés. En absoluto, contestó, somos nosotros los educadores quienes tenemos que hacer el esfuerzo de entender, comprender y educar a esos chavales (junto a sus familias) y esa tarea es muy difícil, te hará llorar más de una vez, te exigirá un esfuerzo adicional pero después te reconfortará como ninguna otra porque habrás conseguido algo muy importante.

Rara es la semana que no hablo con compañeros, buenos profesores, apasionados por su trabajo, que no me dicen que tienen problemas con alumnos que molestan, que les quitan las energías por las veces que interrumpen, que están desmotivados por lo que se hace en el aula y que consiguen, con su actitud, desmotivarles a ellos mismos. Es una realidad que ha existido siempre, aunque quizás en diferentes proporciones. Lo cierto es que algunos chicos molestan en clase, manifiestan conductas disruptivas constantemente y dificultan el trabajo del profesor y el aprendizaje del resto de los alumnos.

Abordar la problemática de estos alumnos disruptivos desde el enfoque de la disciplina es una reducción que no ayuda a solucionar el problema, aunque en el corto plazo nos sirva para quitarnos de en medio a un alumno concreto. Como decía mi abuela, “muerto el perro, se acabó la rabia” pero tras una expulsión de clase, incluso del centro educativo, ese alumno volverá al aula con mayores, si cabe, ganas de seguir molestando, entrando en un bucle que no se acaba. La expulsión tiene muchos beneficios secundarios para los alumnos y también para los profesores.

En los últimos años, han aparecido numerosas iniciativas encaminadas a abordar la convivencia en el aula de una forma más sistémica y, sobre todo, a solucionar los problemas de disciplina desde enfoques no sancionadores. La mera imposición de sanciones, por sí sola, no resuelve el problema de convivencia en las aulas aunque sea la opción mayoritaria que usamos los profesores. Como decía, iniciativas como la mediación escolar, la resolución de conflictos entre iguales, las aulas de convivencia y otras muchas, dan fe de que existen formas alternativas para abordar este problema. El denominador común de estas iniciativas suele ser la implicación activa de alumnos y profesores, en la resolución de los conflictos en el centro, con formas alternativas de abordar los problemas.

El uso de sanciones como eje vertebrador de la convivencia tiene muchas limitaciones. Habrá que sancionar aquellas conductas especialmente graves, sin duda, mostrando de esta forma la gravedad de las mismas. Sin embargo, en el día a día, se aplican las sanciones a todo tipo de conductas, sin discriminar la gravedad o importancia de las mismas. El efecto conseguido es el aumento de las expulsiones de las aulas y de los centros educativos sin que haya la más mínima contención en las conductas que las provocan. Es como si el médico nos recetara unas pastillas para la tos que no tuvieran eficacia alguna y al ir a la consulta nos diera más de lo mismo.

Los chavales que molestan conllevan un exceso de atención que hace que se sientan importantes, que se conviertan en populares dentro de los centros. Desde los jefes de estudio pasando por los tutores hasta los orientadores, dedicamos mucho tiempo a tratar con estos chavales, a ver cómo mitigar sus conductas, de forma que muchas veces dejamos de lado otras actuaciones ante el constante flujo de alumnos con problemática disruptiva en el aula. Nos pasamos demasiado tiempo apagando fuegos.

Desde un enfoque no sistémico, algo podemos hacer… pero poco

Detrás de las conductas disruptivas de los chicos que molestan hay muchos factores: problemas familiares, desmotivación escolar, falta de expectativas, baja autoestima… En un alto porcentaje, en la familia se encuentran circunstancias que favorecen las conductas disruptivas de sus hijos: problemas de estabilidad familiar, ausencia de alguna figura (paterna o materna), falta de pautas de crianza correctas, proteccionismo, falta de límites adecuados, excesivo tiempo sin la presencia de los padres por sus horarios de trabajo, enfermedades, abandono, etc. Desde mi punto de vista, el trabajar con las familias debe ser el primer objetivo para poder cambiar las conductas de esos chicos, no para decirles lo mal que lo hacen sino para desde la escucha, proponerles un compromiso mútuo de cambio y de responsabilidad con sus hijos. Haré mucho hincapié en esto último. Las familias de chavales problemáticos suelen saber lo que tienen en casa y si sólo les recriminamos por este hecho, se ponen a la defensiva. Prefiero involucrarlos en un proceso de cambio en los que todos vamos a hacer algún tipo de actuación. En mi experiencia, hay un punto de inflexión en la que las familias de estos chavales pasan a pedir ayuda, a solicitar elementos de cambio, porque también sufren en casa las conductas de sus hijos. Estas familias, cuando se sienten escuchadas, suelen adoptar una nueva actitud frente a sus hijos aunque, también veo en ocasiones, que están tan cansadas que tiran la toalla.

Una vez que hemos abordado con la propia familia que existen problemas en el aula (y seguramente también en casa) tenemos que trabajar con el alumno en cuestión y con los profesores de éste. Con el alumno me interesa conocerle como persona en su globalidad, no sólo como el alumno que hace tal o cual cosa en el aula. Necesito tener una visión más amplia, es decir, desde sus amigos, relaciones sociales, uso de Internet, relaciones familiares, expectativas, atribuciones… hasta su vida como estudiante, su percepción de los estudios y lo que ocurre en el aula. No se trata de comenzar echándole una bronca para que se porte bien sino empezar conociendo a quien tengo delante y después averiguar porqué se comporta como se comporta. Este aspecto es clave, ya que la visión del porqué de las conductas de los alumnos es totalmente distinta a la que tenemos los profesores. En este proceso, el objetivo es que el alumno asuma la responsabilidad en sus conductas, que tome conciencia de porqué las realiza para después pasar a comprometerse con un cambio.

Naturalmente, para que estos dos procesos descritos no queden en sólo palabras es necesario tener claros algunos aspectos. Llegaremos a compromisos concretos, tanto con el alumno como con su familia, que revisaremos regularmente, y que dejaremos plasmados por escrito. En esos compromisos, igualmente, estarán los referidos al uso de servicios comunitarios, en caso de que sean necesarios, como talleres prelaborales, servicios de salud mental, educadores de calle, etc. Si queremos un cambio en algunas conductas de los chavales, tendremos que usar un método determinado (yo uso a Skinner) y un seguimiento semanal. A todos los acuerdos y compromisos a los que lleguemos, tenemos que involucrar al tutor, de forma que sea también una parte activa en el abordaje del problema ya que es la figura de referencia del alumno y su familias. Pero además del tutor, el resto de profesores deben involucrarse con el cambio porque si no no será efectivo. Si fuera tan sencillo como llegar a acuerdos entre familia y alumno con el orientador o el tutor, no habría problemas. La participación de los profesores del equipo docente será la llave a un cambio real con ese chaval. Así pues, los criterios de actuación con él deben ser comunes. En mi experiencia, aquí fallamos estrepitosamente, porque cada uno se hace una interpretación de lo que pasa y decide trabajar en su aula según su propio criterio, echando por tierra todo el trabajo realizado.

Luego está el problema de la desmotivación escolar de muchos de estos chicos. Perciben los estudios como algo aburrido y ajeno, que no les va a proporcionar ninguna llave para el futuro. Añaden a su desgana, el retraso en conocimientos académicos que hará progresivamente que su estancia dentro del aula sea únicamente interesante por encontrarse con sus amigos. El otro día uno de los alumnos expulsados de mi centro con el que hablo semanalmente me decía que hablara con él entre recreo y recreo porque así juega con sus amigos. Los estudios le importan bien poco pero sus amigos están en el centro. Por tanto, el reto es reenganchar a estos chavales al ritmo del aula, a que den valor a lo que aprenden. Cuando analizo las situaciones en las que ha habido problemas en las aulas, en muchas ocasiones, los problemas vienen motivados porque algunos profesores esperan que los alumnos estén en silencio todo el rato prestando atención a sus explicaciones sin moverse del sitio. Esta expectativa en Secundaria Obligatoria me parece una ilusión, una quimera, especialmente en el primer ciclo, máxime si el alumno permanece pasivo, sentado esperando a que, en el mejor de los casos, le pregunten, siguiendo las explicaciones en la pizarra o en el libro. De acuerdo que es lo que tienen que hacer, y con una mayoría de chavales esto funciona. Sin embargo, con los chavales que molestan, su propia desmotivación escolar les lleva a no soportar esa dinámica de clase y,en consecuencia, interrumpir.

Llegados a este punto, entramos en la cuestión de la gestión emocional del aula. Creo, sinceramente, que los profesores no estamos preparados para la gestión emocional del aula. Teniendo en cuenta la cantidad de interacciones que se producen en el aula, nos preocupamos casi exclusivamente en la tarea y el control de la disciplina y dejamos de lado el aspecto emocional. Sin un clima de aula adecuado no es posible el aprendizaje, algo que siempre intuí y ahora los científicos ponen de manifiesto. Los profesores no estamos formados en este aspecto y no sabemos interpretar las interacciones del aula en clave emocional. Desconocemos las emociones de los chavales y tampoco las sabemos encauzar. La inmensa mayoría de las veces, además, ocultamos cómo nos sentimos frente a lo que ocurre dentro de clase. Creo que ganaríamos an autenticidad si fuéramos capaces de expresarnos emocionalmente, alumnos y profesores.

Desgraciadamente, con los chavales que nos ponen al límite, nos despegamos en ocasiones de nuestro rol profesional y entramos en una lucha sin cuartel dejando que nos afecte emocionalmente. ¿Cuántas veces se escuchan en pasillos o salas de profesores frases como “este alumno se las va a ver conmigo”? ¿Cuántas veces escucho en el despacho de orientación “ese profesor se las va a ver conmigo”? A muchos profesores se les hace muy cuesta arriba entrar en algunas aulas de Secundaria. No les falta razón pero el método que usan para superar la situación no sirve porque la expulsión tiene fecha de caducidad; ese alumno que molesta volverá al aula.

¿Podemos soñar con una Escuela sin chicos problemáticos?

Desde luego quienes trabajamos en la enseñanza pública y en las etapas obligatorias sabemos la respuesta: no. Pero es que, además, esos chicos que molestan tienen el derecho de aprender como el paciente fumador tiene el derecho de ser atendido por un médico. Desde hace unos años, la escolarización obligatoria llega a los 16 años y el derecho a permanecer en los centros de Secundaria se amplía hasta los 18 años. Así que habrá que buscar nuevas soluciones a un problema que ya es viejo, demasiado viejo.

Podemos aplicar viejas soluciones a nuevos problemas; podemos aplicar nuevas soluciones a nuevos problemas pero no podemos aplicar viejas soluciones a viejos problemas.

Entender cuál es la cultura del centro educativo nos va a ayudar a que abordemos los problemas de disciplina desde una perspectiva más amplia que la individual. Parece que los centros en los que hay un alto nivel de participación de la comunidad educativa y un alto nivel de motivación e implicación del profesorado, se dan unos niveles altos de aprendizaje y los problemas de convivencia se reducen drásticamente. En estos centros hay un alto grado de implicación de las familias (pero no sólo para organizar la fiesta de fin de curso) en la vida diaria, incluso entrando a participar en las aulas como colaboradores y ayudantes del profesorado. En estos centros educativos con menos conflictividad (excluyendo a los que seleccionan al alumnado socialmente, claro), existe una cultura del centro en la que se trabaja más en equipo, en la que se abordan los conflictos con la participación de toda la comunidad educativa, donde el centro se convierte en un referente emocional para los chavales y sus familias. Y dejo para el final algo muy importante: existe un liderazgo institucional y motivacional por parte de los equipos directivos.

Todas las comunidades autónomas en España han convocado concursos de buenas prácticas sobre convivencia, bueno, casi todas. Estas buenas prácticas son un ejemplo de que mis palabras no son teorías ni de que hablo de otros países. Hablo de colegios e institutos públicos, en su inmensa mayoría, que se han dado cuenta que no pueden seguir haciendo lo de siempre porque no funciona, sencillamente.

En Asturias tienen encuentros anuales sobre convivencia; Castilla y León premió a los centros destacados por las buenas prácticas; Aragón premia sus centros destacados; el País Vasco hace lo propio; Cantabria tiene sus premiados. En Madrid tenemos pocos ejemplos, al menos que yo sepa. Andalucía tiene un portal específico sobre convivencia con buenas prácticas y mucho más… podría seguir, basta con buscar en Google para ver que sí existen alternativas a la gestión tradicional de la convivencia promovidas incluso desde la propia administración. Luego hay alternativas, claro que las hay.

Pero me podéis contestar que es fácil mejorar la convivencia en centros donde apenas hay conflictos. Sin embargo, la mayoría de los centros de los que hablo tienen altos niveles de alumnos inmigrantes, de etnia gitana y de alumnado socialmente desfavorecido, en consecuencia, tienen muchos repetidores, un alto grado de fracaso escolar  y un alto grado de absentismo. Estos centros dan un giro radical en el abordaje de la convivencia al centrarse en el aprendizaje como motor del éxito y al cambiar la forma de gestionar los conflictos dentro y fuera del aula. Como una vez escuché a otro profesor:

Nada motiva más a un alumno que aprender.

No me extenderé más, pero es posible abordar el problema de la convivencia desde perspectivas globales, de centro educativo en las que los alumnos son parte de la solución y no sólo del problema.

Si otros han podido, ¿porqué nosotros no podemos?

REFERENCIAS

Comunidades de Aprendizaje. Página del movimiento en España. Sus centros se transforman buscando un sueño compartido por la comunidad educativa en el que el éxito y la convivencia son ejes del mismo. Centros adheridos al movimiento.

Colegio La Paz, de Albacete. Pasó de ser un gueto a un colegio con esperanza, alegría y mejores resultados. Un cambio apoyado desde la Administración Educativa.

Otra Escuela es Posible. Proyecto para soñar y transformar la Escuela.

Portales de convivencia de las Comunidades Autónomas:

Asturias, AragónGalicia, Andalucía, C. Valenciana, La Rioja, Cantabria, Cataluña, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura, Islas Canarias, Islas Baleares, Madrid, Navarra, País Vasco, Murcia, y de Ceuta y Melilla me ha sido imposible encontrar nada (dependen del Ministerio de Educación directamente pero no tienen portales específicos sobre el tema).

El sociograma como predictor del acoso escolar

Una aplicación informática llamada iesocio, basada en el sociograma, permite detectar a los alumnos que están en riesgo de sufrir acoso escolar. El programa ha sido desarrollado por Javier Martín Babarro, de la Universidad Complutense y se ha aplicado con éxito durante dos cursos escolares en centros educativos de Aragón, Castilla León, Madrid y La Rioja. La primera aplicación del mismo se desarrolló en el IES Salvador Allende de Fuenlabrada y nuestro compañero Carlos, orientador del centro, nos ha hablado varias veces del potencial del mismo como herramienta de ayuda para el fomento de la convivencia escolar al servir como un eficaz predictor de problemas. Evidentemente, por sí mismo el programa, sin otras medidas que fomenten la convivencia no serviría de mucho pero la experiencia en los centros que lo utilizan es muy positiva.

Según leemos en la propia web del programa,

El alumnado realiza un cuestionario en el aula de informática. Aprovechando la red informática del centro, los resultados se recogen directamente en el ordenador del Departamento de Orientación o de Jefatura de Estudios. En función de la información obtenida, se procede a actuar sobre los grupos y sobre los estudiantes más vulnerables a través de una serie de pautas y medidas.

Es una herramienta que permite reforzar el plan de convivencia. Su principal utilidad reside en el ahorro del trabajo que supone la corrección de cuestionarios sociométricos y la elaboración de perfiles de riesgo.

El programa permite instalarlo en el Departamento de Orientación y Jefatura de Estudios, en un servidor como administrador y en el aula de informática para la realización por parte de los alumnos. Puedes descargarlo desde AQUÍ.

[flv]http://www.rtve.es/resources/flv/0/1/1211549623310.flv[/flv]

pdf1.PNG Introducción sobre el programa IESocio

Fuente del vídeo: RTVE

Profe, me llaman narco

Profe, me llaman narco…

Así comenzó una conversación que mantuve recientemente en el Instituto donde trabajo. Un alumno de origen colombiano, Carlos (su nombre es ficticio) que lleva apenas unos meses en España, no acaba de encontrar su sitio en el grupo-clase. En una reunión de tutores, su tutora me habló de las dificultades que Carlos tenía para relacionarse con los demás y decidí hacerle una entrevista. Ahí salió la frase.

El problema de la frase es que recoge un estereotipo y los estereotipos hacen daño a quienes los sufren o padecen. Son muy persistentes en el imaginario social y tienen un profundo arraigo cultural debido, entre otros factores, a los mensajes que transmite la televisión. Se toman rasgos individuales que se aplican a todos los miembros de un grupo creando el estereotipo. Y ahí está el problema, de Colombia apenas tenemos mensajes asociados al narcoráfico desde hace muchos años, mensajes recurrentes que distorsionan la imagen de un país que es mucho más que la droga y sus relaciones con el Estado, el Ejército y la guerrilla. Últimamente, además, sólo vienen a las pantallas de televisión las imágenes de los secuestrados por la guerrilla de las FARC, una violación gravísima de los Derechos Humanos infringida en aras de una hipotética negociación entre guerrilla y Gobierno colombiano. También se podría generalizar el estereotipo de guerrillero a todos los colombianos, a tenor de lo que está sucediendo. ¿Por qué no se habrá generalizado el de escritores teniendo al genial García Márquez entre los más famosos escritores colombianos en todo el mundo?

Volviendo a las aulas, ¿cómo abordar una situación como esta? En primer lugar tenemos que identificar cuáles son las causas por las cuales un alumno inmigrante no se relaciona con su grupo clase. La primera explicación es obvia: la integración y adaptación no es automática, ni mucho menos, y tiene más dificultad cuanta mayor diferencias culturales con el país de origen y el país de acogida. En nuestro caso, Carlos se quejaba de no comprender el lenguaje, de no entender los códigos de comportamiento del resto de compañeros, de no entender las actitudes de los profesores y un largo etcétera que podríamos resumir en un no entiendo esta cultura. En segundo lugar, nos interesamos en cómo se siente en España, qué echa de menos, si tiene establecidos ya algunos lazos con otros compatriotas… en definitiva, si tiene un colchón social que le apoye, con el que se sienta identificado. Carlos se había apuntado a un club de fútbol formado por colombianos que entrena un par de veces por semana, de modo que “oigo mi idioma y entiendo las relaciones”. El fútbol como terapia.

Por lo tanto, la situación nos remite al hecho de que si no hacemos nada encaminado a fomentar la acogida e integración en el grupo de Carlos, ésta no se va a dar de manera automática, se dará de cualquier manera, incluyendo la de sentirse discriminado por el resto y sentirse superviviente en un grupo de referencia extraño. Algunas manifestaciones del problema es que comenzó a faltar con regularidad a clase “porque no se siente bien” y a mostrar apatía cuando acudía. Teníamos que intervenir con el grupo clase, de modo que buscamos una serie de dinámicas de grupo que trataran el tema de los estereotipos para hacer reaccionar al grupo y que experimentara las situaciones que el alumno vivía. Este hecho ha supuesto para algunos alumnos que tengan que ponerse en lugar del otro, no sólo cognitivamente sino afectivamente también, como un paso para desmontar los estereotipos dominantes y avanzar en el razonamiento moral de los alumnos.

La situación con el alumno mejora pero la sensación de parchear es enorme. Si no hay un planteamiento general del Instituto sobre los valores de una sociedad multicultural o sobre la inmigración; si no hay unas prácticas sistemáticas de acogida, si no realizamos acciones preventivas que aborden la diversidad cultural, habrá alumnos que se sientan discriminados y otros para los que las acciones que hagamos lleguen demasiado tarde. Sin embargo, los alumnos extranjeros se adaptan como pueden, en general, gracias a las pequeñas acciones de profesores particulares, pasando inadvertidos en demasiadas ocasiones engullidos en la marea curricular del día a día.

Imagen: FlickrCC

El éxito de la convivencia está en el grupo

425038505_cd13b9e0bb_mEn Educaweb acaban de publicar un número especial sobre convivencia dentro y fuera de las aulas con algunas experiencias interesantes para nuestro trabajo en los centros educativos. La convivencia es, sin duda, uno de los retos del actual sistema educativo, y va mucho más allá de la alarma mediática que suponen los casos que saltan a la opinión pública por acoso escolar. Es una magnífica excusa para conocer distintas experiencias de toda España y reflexionar sobre el tema de la convivencia, el grupo y la innovación. ¡Qué cosas!

Sin una buena convivencia no es fácil crear un clima de aula que facilite el aprendizaje, al igual que tampoco se genera una vinculación positiva de los alumnos con el centro educativo. Esta sensación de pertenencia permite, entre otras cosas, un mayor respeto hacia los compañeros, hacia el profesorado, hacia las propias instalaciones del centro.

¿Cómo podemos hablar de vinculación de los alumnos hacia su centro si en las aulas siguen esas mesas verdes de hace veinticinco años, con un triste corcho en la pared y, en el mejor de los casos, una percha? El IES se muestra frío, impersonal, sin nada que haga amable la estancia y, en cualquier organización, un entorno agradable es lo mínimo para crear vínculos. Nos centramos tanto en el contenido (los contenidos) que olvidamos el entorno en el que trabajamos. Tanto por la dignidad de los alumnos como por la nuestra, numerosos centros deberían ser cerrados y reacondicionados para la práctica docente, no para que se adapten al Siglo XXI (sería ya fantástico) sino para que sean, simplemente, acogedores y agradables. Parece que el salto al Instituto suponga, también, un salto a lo cutre, lo austero, lo impersonal como si estar en entornos agradables y propicios fuera patrimonio de las etapas de Educación Infantil y Primaria o, desde luego de la Universidad (que se lo tienen merecido, ¿no?). ¿Por qué en los centros de Secundaria tenemos que resignarnos?

¿Se puede fomentar la convivencia exclusivamente desde la disciplina? Creo que no. La disciplina es una parte -imprescindible, desde luego- de la convivencia, pero no la única. La dinámica acción-reacción (me recuerda a Los chicos del coro) tiene sus limitaciones. ¿Dónde quedan las acciones encaminadas a que convivamos en el centro, esto es, vivamos juntos y tengamos espacios de encuentro con las personas que compartimos el acto educativo? Toda acción, desde la más insignificante hasta la más elaborada, fomenta un tipo de convivencia: los saludos, el control de los pasillos, el estilo comunicativo en clase, las actividades encaminadas a que los recreos tengan algún contenido, los recreos mismos; las actividades extraescolares, jornadas, fiestas… en general, eventos de cualquier tipo, porque dentro del centro educativo, TODO es educativo.

El papel del grupo en el establecimiento de un clima de aula es clave. Conocer cómo evoluciona un grupo, los roles de sus miembros, las dinámicas que sirven para que el grupo se cohesione y resuelva sus conflictos deberían ser parte del temario de cualquier carrera relacionada con la educación en cualquiera de sus ámbitos. La fuerza del grupo es impresionante, por lo que buscar su cohesión es un objetivo primordial. Hacer que sus integrantes tengan objetivos comunes, es una de las claves del éxito del grupo en organizaciones. Bien lo saben algunos entrenadores deportivos que han llegado a lo más alto aplicando esta filosofía, como señala Pepu Hernández, entrenador de la Selección Española de Baloncesto, campeona del mundo y subcampeona de Europa:

Superar los límites que cada uno se impone, a través de la introspección y el trabajo personal, y saber gestionar y conducir el trabajo en equipo son algunas de las claves del éxito empresarial. Teniendo en cuenta que el factor principal de ambas ideas es siempre el mismo: la persona.

Sin lugar a dudas, los profesores -el factor humano- somos el principal valor del sistema educativo, de nuestro centro educativo concreto. Saber usar nuestro potencial para sacar lo máximo de nuestros grupos es nuestra meta. Contamos con poca ayuda de la Administración, de la sociedad en su conjunto, pero eso no quita nuestro papel central en el acto educativo. Somos, por encima de todo, los entrenadores que debemos sacar lo máximo de nuestros alumnos. Pepu señala, en una de sus reuniones con empresarios, la importancia de la planificación, igualmente,

Planificación, no dar nada por supuesto, respeto, confianza, generosidad, humildad, equilibrio entre el esfuerzo y el descanso-ocio, innovación, planificación, reacción ante la adversidad… son las claves del éxito del grupo.

Antes de que me hagáis la crítica de que un aula hetegonénea es diferente a un club deportivo formado por profesionales con alta motivación y capacidades, os diré que estoy totalmente de acuerdo. Un grupo de alumnos desmotivado, en el que alguno no quiere estudiar, requiere de un esfuerzo adicional. Pero ello no invalida mi argumento: hay que manejar el grupo como si fuera un grupo de profesionales de alto nivel, fomentando en el mismo el compromiso por salir adelante, por aprender, por hacer de la estancia en el centro algo estimulante. Esa parte, nos toca a nosotros. Dice Pepu:

El concepto de compromiso siempre tiene que estar presente. Me da igual el tipo de compromiso que tengan: compromiso por la amistad; compromiso por ganar; compromiso por defender a tu país…, pero siempre tiene que haber un compromiso

Y como hablo de convivencia y de grupo, creo que en cualquier grupo tiene que tener las normas de convivencia muy claras, establecidas por el propio grupo en el marco de las que haya en el centro. Y eso es más que unas normas de disciplina o un listado de prohibiciones, aunque éstas formen también parte de las mismas.

Pepu también reconoció que todo grupo tiene que tener unas normas básicas de convivencia y que las de la selección española están basadas en cuatro conceptos: respeto, generosidad, confianza y humildad (…) Respeto por el trabajo de los compañeros; generosidad en el esfuerzo; confianza para, por ejemplo, disentir o tomar decisiones propias y humildad.

Rizando el rizo, añado al análisis la capacidad de innovación. Los jóvenes de hoy viven inmersos en el uso de las tecnologías en su vida cotidiana y esto tiene consecuencias en su forma de aprender. Frente a eso, el sistema escolar se presenta como algo estático, arcaico y encorsetado (en general), alejado de sus intereses, poco motivador, nada apasionante… ¿y les vamos a pedir sólo su necesario e imprescindible esfuerzo para que encajen en el sistema en vez de que el sistema se adapte a ellos? ¿No tendríamos que hacer una adaptación mutua, en todo caso? Seguimos, en general, dando clase como hace treinta años y, aunque el esfuerzo no varíe, creo que es necesario lo que dice Pepu a los empresarios:

La innovación es una obligación.

Eso sí, que no sea sólo por el mero uso de las Nuevas Tecnologías, sino por un uso que permita un aprendizaje diferente, retador, apasionante, con su dificultad y esfuerzo, como dice el Profesor Potâchov. Y eso no quita que algunos aprendizajes sean más repetitivos hasta que se generalizan, pero no todos los aprendizajes pueden ser memorísticos y repetitivos.

Imagen: FlickrCC

El primer día de clase

La primera impresión es la que cuenta

Este era el eslogan de un anuncio comercial de una colonia que pasaron por Televisión Española hace años. Me viene al pelo para hablar del primer día de clase, ya que aunque desde la semana pasada estamos trabajando en el Instituto, las clases no comenzarán hasta el próximo lunes.

El primer día de clase es clave para sentar las bases de un buen comienzo de curso y no se debe dejar, en absoluto, a merced de la improvisación. Os voy a dar algunos ingredientes imprescindibles para ese primer día:

  • Presentarte ante los alumnos con tu nombre y apellidos.
  • Pasar lista de todos tus alumnos. Preguntarles cómo quieren que sean llamados (evitando motes).
  • Presentar cuáles son los objetivos de tu asignatura.
  • Presentar cuáles serán los contenidos que trabajaréis durante el curso.
  • Presentar la forma de trabajo específica de tu materia: toma de apuntes, ensayos, exposiciones, trabajos individuales, en grupo…
  • Enumerar los materiales necesarios para seguir la materia (libros, memoria USB, cuadernos…).
  • Exponer claramente cuáles serán los criterios para obtener una calificación positiva de tu materia.
  • Transmitir las altas expectativas que tienes para que ellos obtengan el máximo rendimiento posible. Explicitar tu compromiso de trabajo en este sentido.
  • Establecer las normas específicas para ese aula (si es que son necesarias).
  • Realizar alguna actividad respecto a lo que conocen de tu asignatura, especialmente si es nueva para ellos (ideas previas, expectativas, qué han oído sobre tu materia…).

Como primer día, es posible que no puedas abordar todos los aspectos, en ese caso, puedes centrarte en el conocimiento y presentación del grupo, las normas y lo que te dé tiempo de tu asignatura, ya que podrás continuar al día siguiente. Es muy aconsejable, además, tener una pequeña ficha con los datos más significativos que consideres oportuno, especialmente si no eres el tutor. Esta ficha recogerá aspectos académicos, personales, familiares y sociales. Respecto al temario de la asignatura, si dispones de libro de texto ésa será su referencia pero es importante dar por escrito lo demás, es decir, objetivos, criterios de calificación, aspectos relativos al material, etc.

El efecto de un buen primer día de clase es muy importante en la motivación de los alumnos que van a sentirse más implicados desde el primer momento con tu asignatura y van a tener muy claro el marco de referencia en el que tienen que moverse. De este modo, las reglas del juego quedan bien claras para todos evitando, en sesiones sucesivas, estar centrando a los alumnos respecto a los objetivos de la asignatura y su forma de trabajo.

¡Buen comienzo!

Sensaciones encontradas

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Después de asistir al Educaparty en Santander y disfrutar de la compañía de algunos amigos, me reincorporé al Instituto el miércoles, en concreto, para asistir a Juntas de Evaluación de septiembre. En la Comunidad de Madrid, se reimplantaron los exámenes de septiembre a pesar (creo yo) de la enorme pérdida de tiempo que suponen en la inmensa mayoría de los casos. Pues bien, decía que volví al centro y me reencontré con los compañeros en uno de los momentos mejores del año, en el que nos sentimos todos felices y relajados, compartiendo nuestras vicisitudes veraniegas. Es un momento de alegría y camaradería sincera que el paso del tiempo se encargará de ir diluyendo cual azucarillo en el café.

Pero mi primer día en el centro dio para mucho. Como tuvimos reuniones desde por la mañana hasta por la tarde, pude disfrutar de la comida con dos estupendas compañeras. Estos momentos, tan escasos y tan atípicos durante el curso, me encantan porque suponen un instante de encuentro para compartir desde un punto de vista más personal. Si no fuera por ellos, estaría muerto. De hecho, suelo quedarme a comer todas las semanas para luego seguir en el centro con otros menesteres y aprovechar el rato con algún compañero. ¿Cómo es posible que convivamos en el mismo centro cerca de ochenta profesores y apenas tengamos leves referencias de nuestras vidas? Esta falta de relación personal, que algunos pensarán que es normal pues estamos trabajando, no creo que sea ajena a la vivencia tan despersonalizada del paso por el instituto que tienen muchos alumnos (y muchos profesores). Me doy cuenta, con el paso de los años, que el tiempo para encontrar a la persona que hay detrás del compañero, sencillamente no existe.

Los expertos sobre relaciones laborales hablan sobre la importancia de crear auténticos equipos de trabajo que se identifiquen altamente con los objetivos de la organización para la que trabajan y que tengan unas relaciones personales sanas y fluidas. Naturalmente, esto no significa que seamos amigos de nuestros compañeros del Instituto (si llega el caso, llegará) pero sí que existan unos cauces de relación informal y, sobre todo, de buena comunicación que hagan del trabajo una experiencia más agradable y, efectiva. En estos aspectos, es clave la figura del director o coordinador del equipo, el Equipo Directivo en nuestro caso, que con su estilo de liderazgo y con la capacidad de dinamización del grupo de profesores, lo que incluye el generar las condiciones para esas relaciones agradables, harán del claustro un equipo identificado con la tarea de enseñar, con altas expectativas respecto a los resultados de los alumnos y una conciencia común de hacer un trabajo en equipo muy importante para la sociedad.

Naturalmente, para poder crear estas condiciones son necesarias unas instalaciones con un mínimo de dignidad, asunto del que he hablado en algunas ocasiones en el blog. Empezando por las clases y resto de instalaciones del centro y acabando por los despachos de los profesores o la propia sala de profesores, en las que sólo si eres rápido puedes optar a sentarte en uno de los dos sillones disponibles, así como sólo podrás optar a uno de los cuatro ordenadores si eres ágil. Cualquiera que pase por la sala de profesores de mi centro se echaría a llorar o, sencillamente, pensaría que los profesores somos unos pringaos por aceptar trabajar en unas instalaciones como en las que lo hacemos. Dice muy poco de nuestra propia dignidad profesional y, desde luego, es un chollo para al Administración que tiene a tan resignados empleados en sus nóminas. Ah, las canastas y patios deportivos del centro están, literalmente, destrozados, para no desentonar del estado general del Instituto.

Acabo. Una vez más, y van unas cuantas en mi vida profesional, escuché comentarios de algún compañero respecto a la nota que ponía a un alumno con necesidades educativas especiales… me canso del tema tanto que sólo pienso en cuál sería su actitud en el caso de que su hijo tuviera alguna discapacidad. Lo dejo ahí. ¿Hacemos todo lo que está en nuestras manos para que estos alumnos tengan las mismas oportunidades y los mismos derechos que los demás? Ya sé que en clase hay muchos más alumnos, culpa que en ningún caso es del alumnado con discapacidad, los cuales merecen la atención por parte del profesor al tiempo que éstos deben esforzarse y trabajar sin paliativos. Pero desgraciadamente, el alumnado con necesidades educativas especiales pasa muy desapercibido dentro de las clases y, además, generalmente, molestan poco. Tan poco que ni a la hora de que le pongan las notas se les tiene en cuenta.

Lo dicho, sensaciones encontradas. Por cierto, la pintada es del patio del Instituto. Sin comentarios.

¿Papel mojado?

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Apenas cuatro días para las elecciones y tengo la sensación de que las promesas de los partidos políticos son papel mojado. A juzgar por los mensajes de éstos en los medios de comunicación, los ciudadanos somos considerados como animales inferiores, sin capacidad de iniciativa, sin capacidad de crítica, sólo nos reconocen la mera capacidad de adhesión inquebrantable, a modo de cheque en blanco.

Ya he hablado antes en este blog de mi posición respecto al sistema actual de partidos políticos; también ha hablado de los programas educativos de los partidos políticos en Madrid. Hoy sólo quiero mostrar el papel, todo el papel, que ha llegado a mi buzón con las papeletas de votación. Si en Leganés vivimos 140.000 votantes, multipliquemos por cuatro candidaturas posibles y tenemos 560.000 sobres de papeletas enviados con franqueo pagado (por todos) que irán, en el mayor de los casos, a la papelera.

Y digo yo, ¿con las nuevas tecnologías no hay otras formas de contactar con nosotros y nosotros con ellos sin gastar papel? ¿Cuántos árboles se habrían evitado cortar para imprimir ese medio millón largo de sobres y papeletas?

Profes

En el Instituto a los profesores nos llaman profes:

Profe, ¿has corregido ya los ejercicios?

Oye profe, ¿puedes adelantar la clase que ha faltado el profe de inglés?

El primer día de clase, cuando me presento a mis alumnos siempre les digo:

Me llamo Víctor y no me llamo profe. Es la regla número uno.

Si alguien me llama profe, le llamo alumno y no le hago caso.Regla número dos.

Me preocupa aceptar que me llamen profe, sin más, por lo que supone de despersonalización. Hago el esfuerzo de aprenderme los nombres de mis alumnos y quiero que ellos me llamen por el mío. Es un indicador del clima de aula y de las relaciones entre los alumnos y sus profesores. No es una cuestión menor.

Hace años que vengo notando en los Institutos de Secundaria la progresiva despersonalización de la actividad docente en algunas aulas. En estas aulas, los alumnos no conocen el nombre de sus profesores, no tienen el más mínimo elemento motivador en las paredes o corchos, no hay referencia alguna a sus trabajos o al tema que están trabajando en clase y tampoco encontramos el horarios semanal o las normas. Las aulas, apenas tienen esas sillas y mesas verdes de hace 25 años, con una pizarra y el borrador. Las tizas se cogen cada día, junto con el parte, para que no se gasten y los alumnos puedan pintar entre clase y clase. Pasadas unas semanas del principio de curso, ni siquiera el cartel anunciando el curso queda en la puerta.

En ese espacio frío, impersonal, homogéneo y, en muchas ocasiones, sucio y desvencijado, damos clase de cualquier cosa. Damos clase y nos vamos, como los alumnos.

No parecemos caer en la cuenta de la importancia de crear un espacio de aprendizaje agradable y personal, que permita la vinculación de alumnos y profesores con el centro, nuestro centro. Sin ese sentimiento de pertenencia mal vamos a conseguir el mejor ambiente para aprender y enseñar.

Las Escuelas Infantiles y los Colegios de Primaria suelen tener en las clases desde una biblioteca de aula, hasta plantas, pasando por animales, corchos, espacios diferenciados para trabajo individual y en grupo, ordenadores y hasta una alfombra. En Secundaria somos más serios, por favor, mesas, libros de texto y el cuaderno.

Sacad el libro y el cuaderno.

Vale, profe.

Tampoco tenemos taquillas en los pasillos para que los chavales puedan tener un espacio personal y no cargar con tantas cosas de casa al IES y del IES a casa. Nuestros centros son tan impersonales y fríos que es difícil cogerles cariño. Si acaso a profesores concretos, pero no al centro. Cierto que es cada profesor el que genera un clima determinado en las aulas, pero sin espacios agradables difícilmente podemos educar también en el respeto hacia lo que es de todos. Eso sí, quien rompa algo lo paga. Las normas son las normas.

Mi abuela decía que “por mal camino no se llega a buen pueblo”. Sabiduría de abuelos.