Este chico es irrecuperable

En los veinte años que llevo trabajando en Educación he escuchado muchas veces la expresión “este chico es irrecuperable”.

El término lo he escuchado en la Escuela Infantil, en el Colegio y, desde luego, en el Instituto. Nunca me he resignado calificar a ninguna persona así, incluso cuando todas las evidencias parecieran decir lo contrario. Son mis principios, quizás ilusos, pero prefiero pecar de ilusión que de otra cosa.

Sin embargo, las primeras veces que escuché el término de “irrecuperable” referido a una persona fue en el ámbito de la educación no formal, trabajando con chavales en situación de riesgo social, que diríamos hoy. Hablo de finales de los años ochenta y el lenguaje todavía no era tan políticamente correcto. En aquellos años, a los chavales de barrios marginales, sin la titulación del Graduado Escolar, con fuertes problemas familiares y sociales, simplemente se les llamaba “marginales”, sin eufemismos pseudo-administrativos. Eran chavales jodidos por las vidas que les había tocado vivir, sumidos en la pobreza, las drogas y la delincuencia. Entonces, se hablaba de “inadaptación social” dando por hecho que no se “adaptaban a la sociedad que les tocaba vivir”. En aquellos años, en su mayoría, estos chavales marginales eran irrecuperables para la escuela formal, se les daba por perdidos y desde las asociaciones educativas no formales (hoy ONG), intentábamos un trabajo de recuperación integral de su autoestima y su dignidad.

El trabajo tenía pocos secretos: atención y relación personal con los chavales, búsqueda de implicación de las familias, enseñanza partiendo de sus intereses y capacidades, aprendizaje de normas y habilidades de convivencia y, paciencia, mucha paciencia. Todo esto en un formato de Aulas-Taller que combinaban los aprendizajes profesionales con los académicos. Por su puesto, nada de libros de texto ni de prácticas escolares como las vividas en la Escuela, sobre todo, por el enorme rechazo que ésta suscitaba y por la falta de adecuación a las necesidades de estos chavales. Además, los educadores (así nos llamábamos independientemente del papel que desempeñáramos) éramos escogidos con un estricto proceso que aseguraba una alta dósis de motivación para el trabajo, pasión por la Educación, tolerancia a las enormes dificultades que tendríamos por delante, y una alta dósis de utopía y preparación que incluía formación social, psicológica y pedagógica. Había que creer en el cambio, en el poder del ser humano. ¿Cómo si no trabajar con chavales marginales sin posibilidad alguna de éxito a cualquier nivel?

Nuestros chavales tenían problemas, problemas de todo tipo, que hacían de los estudios el último de sus intereses. Luchar contra las adicciones de sus padres, la exclusión de sus familias, sus problemas con la Justicia o la falta de vivienda no eran nuestro cometido pero teníamos que dar un mensaje de que la Educación era una esperanza para el cambio, incluso para quienes tenían interiorizado el “soy malo, me merezco esta mierda de vida que tengo”.

Entonces, cada vez que escuchaba que un chaval era “irrecuperable” era enorme la sensación de fracaso colectivo, de haber fallado, de no haber hecho lo suficiente. Pienso en Toñín, un chaval al que le di clase con 15 años y cuyos padres estaban enganchados a la heroína, malviviendo en una chabola; pienso en Manuel, con Sida; pienso al otros que ahora están muertos o en la cárcel…pero junto a ellos, estaban otros como Quique, que está casado y tiene una niña preciosa; está Ana, cuya discapacidad no le ha impedido casarse, tener su propia casa y su trabajo y otros muchos más que parecían sumidos en el pozo de las desgracias y ahora tienen sus vidas entre sus manos. Por ellos, por todos ellos, mereció la pena.

Cuando escucho, en la educación formal, muchos años después, que un chaval es irrecuperable porque estudia poco, porque se porta mal, porque tiene problemas de conducta, siempre pienso en aquellos que lo parecían y salieron adelante pero, sobre todo, pienso en todo lo que no hacemos para que salgan adelante simplemente porque el análisis del profesorado, en general, no va más allá del “estudian poco y la familia no colabora”. No sería justo, por otra parte, cargar sólo en el profesorado esta responsabilidad. La Administración educativa no contribuye, precisamente, con una adecuada selección y formación del profesorado, así como con los medios necesarios para poder desempeñar nuestro trabajo de forma exitosa. Tampoco nos ayudan con sus leyes y burocracias, con la organización de los centros, con la capacidad de autonomía para afrontar los problemas, es verdad.

Sin embargo, pretender con una enseñanza homogénea dar la misma recetas para todo el alumnado es una suicidio colectivo. Nuestra Escuela es diversa, plural, dinámica pero nos empeñamos en dar respuestas únicas a necesidades diversas. En cuento uno se sale del guión, es irrecuperable.

Decir que con doce años un chaval es irrecuperable es no creer en la condición humana, es no creer en el poder del cambio consustancial a la Educación, es renunciar a nuestra misión como educadores, como profesores. Me niego a ser funcionario de la educación, aunque sea un funcionario público; me niego a rebajar mi profesión al cumplimiento de unas horas de clase en las que cuento a todos lo mismo, aunque pase horas en las clases; me niego a creer en la fatalidad del destino para un porcentaje (cada vez mayor) de alumnos que pasan por el sistema con más pena que gloria.

Cuando decimos que un chaval es irrecuperable ponemos en evidencia nuestro fracaso colectivo.