Botellón

Definitivamente, el botellón se ha instalado entre nuestros jóvenes. Aumentan los jóvenes que se apuntan a este fenómeno social en el que el consumo de bebidas alcohólicas y otras drogas, tiene un papel protagonista. El dato concreto es que en los últimos seis años, se duplica el número de jóvenes que hacen botellón los fines de semana, como refleja el estudio “Los adolescentes ante el alcohol. La mirada de los padres y madres”, perteneciente a la ‘Colección de Estudios Sociales’ de la Fundación La Caixa.

Leyendo entre líneas, me llama la atención lo siguiente:

El resultado de todo este proceso es que la socialización del acceso al alcohol ha dejado de estar en el ámbito de lo familiar, como históricamente sucedía en España, para situarse en el grupo de iguales y en espacios ajenos a la familia. Para un adolescente, aunque sus padres se lo ofrezcan, beber en casa no tiene sentido porque no es “beber”; ni el tipo de bebidas, ni lo que se valora en ellas, ni los efectos que se buscan al beber tienen nada que ver con lo que espera. Para un adolescente beber es algo distinto: bebidas singulares, en formatos propios, en espacios y momentos de los que debe apropiarse, al margen del control adulto, en la búsqueda de unos efectos psicoactivos que asocia con una mayor diversión y con ritos de celebración grupal. De ahí que, por mucho que no sea una costumbre generalizada entre los propios adolescentes, para el imaginario colectivo, el “botellón” sea la fórmula que más genuinamente representa al modelo.

Estamos ante un fenómeno social muy vinculado a la adolescencia, en el que los valores del grupo, de la afirmación, de la identificación influyen notablemente más allá de los valores del propio consumo. De hecho, el consumo en el hogar no es deseable socialmente y los adolescentes y jóvenes lo dejan para el fin de semana. Esto sugiere, por tanto, que tanto una cuestión de orden público, sino más bien, de orden social, ya que la facilidad de acceso a las bebidas alcohólicas, así como el ahorro que supone el consumo en espacios públicos, ofrecen a los jóvenes grandes atractivos para consumir.

Pero, ¿cuál es el papel de las familias ante esta situación? ¿Reprueban el botellón? Dice el estudio:

Ante toda esta situación las posturas de padres y madres muestran un notable nivel de indefinición. Por una parte, esos padres no dejan de ser personas que, ellas mismas, han vivido con intensidad la cultura alcohólica, tanto como miembros de una sociedad donde el alcohol tiene carta de naturaleza, como participantes de una forma de beber que no les es ajena en absoluto (hay que recordar que muchos padres y madres de los adolescentes actuales vivieron como protagonistas el cambio de modelo); esta situación condiciona una cierta ambivalencia al tener que conciliar la preocupación que el comportamiento de sus hijos les suscita con una visión personal que en cierta forma les hace entender esos comportamientos. Por otro lado, los padres deben enfrentar las dificultades que el proyecto educativo de sus hijos les plantea: cambios en los roles familiares que hacen acaso más fácil, pero mucho más compleja, la comunicación; falta de tiempo y oportunidades, y el conocimiento vivido de que esos hijos adolescentes, como parte de su proceso de construcción de la autonomía, precisan separarse de ellos e integrarse en el grupo de iguales.

Y ahora llegamos al punto que, como educador, más me afecta:

De ahí que esta postura de padres y madres se traduzca, más allá de una cierta inhibición, en una maniobra de delegación de responsabilidades: que la escuela eduque, que los medios de comunicación no impulsen los comportamientos negativos o enfaticen modelos más integrados, que las leyes y las instituciones controlen la situación en el espacio ajeno a lo familiar. Unas responsabilidades ajenas que, aunque innegables, no evaden esa conciencia de compromiso personal que lleva a algunos padres y madres, en una minoría significativa, a reivindicar la exigencia de que la educación sobre el acceso al alcohol retorne al ámbito de lo doméstico.

Hace tiempo que en las entrevistas con alumnos pregunto por sus aficiones y el botellón aparece como una de las más frecuentes, por encima del cine o los bares. Pero, peor aún, las familias lo saben y no afrontan (o no saben afrontar) las alternativas de relación, ocio o consumo de sus hijos. Mientras, desciende la participación de los jóvenes en asociaciones, disminuye la práctica deportiva, desaparecen las actividades de ocio familiar excepto la visita a la gran superficie… y la Escuela tiene que arreglarlo todo, ¿algo difícil, no?.

pdf1.PNG Estudio completo

Imagen: FlickrCC

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Un comentario sobre «Botellón»

  1. Lu

    Imagino que el problema se agudiza en las ciudades. Yo he visto cómo se llenaban algunas ciudades los sábados por la noche de pandillas pertrechadas de alcohol. Es un problema muy urbano, que no ha llegado todavía a municipios más pequeños. Hablo por el entorno en el que me muevo.

    Lo que sigue siendo un problema es la nula influencia que la familia está ejerciendo sobre muchos adolescentes (no todos, por suerte). Educar adolescentes es difícil, aun así tenemos medios para hacerlo; pero educar a los padres se escapa de nuestras posibilidades. Eso sí es difícil y necesario.

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