La agresividad no sólo es social

Así lo cuenta Olga Castro-Perea en Tendencias 21, la revista científica electrónica. Dos estudios llevados a cabo con personas violentas han demostrado que estas personas tienen unas áreas cerebrales diferentes a las personas que no lo son. Esto no significa que desde que uno nace esté predeterminado a ser más agresivo que otras personas, sino que los indicadores cerebrales actúan como predictores de riesgos y, en todo caso, teniendo en cuenta la interacción social. Dicho de otro modo, no sólo una persona es agresiva porque se haya desenvuelto en un entorno agresivo o violento, si no que existe, además, una correlación con determinadas actividades anormales en el cerebro o distintos tamaños en algunas áreas.

El primer estudio, el de Guido Frank de la Universidad de California, muestra que en las personas más agresivas existe una anormal actividad de la amígdala y una menor en el lóbulo frontal. La amígdala es un área cerebral relacionada con las emociones más primarias de los seres humanos, como el miedo y la agresividad, y está presente en el cerebro de todos los ancestros humanos. El lóbulo frontal, por su parte, es una región encargada de la toma de decisiones y de controlar nuestra conducta.

Recientemente, en el marco del trigésimo séptimo encuentro anual de la Society for Neuroscience en la ciudad de San Diego, se presentó un estudio liderado por Guido Frank, científico y físico de la Universidad de California, que con imágenes de resonancia magnética del cerebro ha analizado la actividad neuronal de un pequeño grupo de adolescentes valorados como “reactivamente agresivos”, considerando la violencia reactiva como una explosión que surge cuando una persona experimenta una tensión, amenaza o dificultad que es incapaz de afrontar de otra forma. Las reacciones de estos individuos son desproporcionadas y, en estos casos, las personas son incapaces de controlarse a sí mismas.

Cuando se le mostró al grupo analizado imágenes de rostros amenazantes, los cerebros de los chicos agresivos, comparados con gente capaz de controlarse, mostraron una mayor actividad en la amígdala, una parte del cerebro que se relaciona con el miedo; y una menor actividad en el lóbulo frontal, región cerebral vinculada a la capacidad de razonamiento y de toma de decisiones, así como al auto-control. La actividad en la amígdala reflejaría que los participantes más agresivos sentían más miedo cuando veían las caras amenazantes y, al mismo tiempo, eran menos capaces que el resto de controlar sus propios actos.

El segundo estudio lo ha realizado Adrian Raine, de la Universidad de Pensilvania. En él se muestra que la corteza prefrontal de las personas violentas es más pequeña que las que no lo son:

Otro estudio, de Adrian Raine, neurocientífico de la Universidad de Pensilvania que estudia las bases neurológicas de la violencia, fue llevado a cabo con 792 asesinos e individuos con un comportamiento antisocial y con 704 personas de comportamiento normalizado.

Raine y sus colegas descubrieron que en los primeros la corteza prefrontal del cerebro era de menor tamaño en comparación con la corteza prefrontal de los individuos capaces de controlarse. Un meta análisis, presentado en el mismo encuentro anual antes mencionado, de 47 estudios con imágenes cerebrales de adultos, confirmó el descubrimiento de Raine: las personas con un comportamiento antisocial, particularmente aquéllas con un historial de violencia, presentaban deterioros tanto estructurales como funcionales en dicha región cerebral. En este grupo, la corteza prefrontal era más pequeña y menos activa.

Además, estos mismos individuos tendían a presentar daños en otras estructuras cerebrales vinculadas a la capacidad de hacer juicios morales, mayormente en la corteza prefrontal dorsal y ventral, en la amígdala y en el gyrus angular (relacionado con el lenguaje y la cognición).

En todo caso, ambos estudios dejan claro que el cerebro no es determinante de los comportamientos violentos y que las influencias del entorno moldean al individuo y al propio cerebro, avalando la intervención psicosocial que se desarrolla desde diferentes ámbitos con personas agresivas:

De hecho, investigaciones realizadas con animales y humanos han sugerido que las influencias del entorno tienen un fuerte impacto en el cerebro, tanto para bien como para mal, porque se ha demostrado que en individuos con predisposición genética a la violencia, el afecto y el cuidado maternos o de cualquier índole en la infancia reducen el riesgo a que se conviertan en adultos agresivos.

Guido Frank asegura que, por tanto, la biología y el comportamiento pueden cambiarse y que la imaginería del cerebro debe combinarse con la terapia y el control individualizado para conocer y modificar los progresos de cada individuo. En el comunicado de la Society for Neuroscience, Craig Ferris declaró por otro lado que la comprensión de la confluencia de elementos, tanto ambientales como biológicos, que producen actos violentos, han sido considerados por educadores, profesionales de la salud y científicos durante décadas.

Hace unos años, Eduardo Punset se hacía eco de esta cuestión por duplicado en REDES, el programa de Televisión Española de divulgación científica, en concreto en el capítulo CLAVES VIOLENTAS I en las que entrevistaba al propio Adrian Raine, a Emil Coccaro, profesor de Psiquiatría en la Universidad de Chicago, al Premio Príncipe de Asturias Antonio Damasio, neurocientífico de la Universidad de Iowa (EE.UU.), y a José Sanmartín, director del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia.

En el segundo programa sobre el tema, entrevistaba a Jonathan Pincus neurólogo de la Universidad de Georgetown, en Estados Unidos, sobre sus investigaciones neurológicas con criminales. Este médico afirma que cuando una persona ha sufrido maltrato en la infancia y tiene daño cerebral, existen muchas posibilidades de que se convierta en un delincuente.

Llevando la cuestión al terreno educativo, resulta más que imprescindible abordar la educación educación emocional en nuestros alumnos que esté basada en el desarrollo de las capacidades de relación e interacción social y, más concretamente, en el desarrollo de la empatía (capacidad de ponerse en lugar del otro), de la asertividad (ser capaz de expresar tus opiniones y sentimientos hacia los otros sin agresividad) y de la aceptación de la discrepancia como algo natural. Seguramente me deje algunos otros aspectos, pero en general, el desarrollo de la autoestima, tanto en la escuela como en la familia, es una de las claves para luchar contra una agresividad que está demasiado presente en la sociedad y en las aulas.

Imagen FlickrCC

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