No somos ricos, ¿verdad?

Ayer viernes tuve un encuentro casual con un antiguo compañero del colegio. La verdad es que me reconoció él:

– Yo a tí te conozco, me dijo enarbolando una gran sonrisa

– ¿Eh? ¡Ah, sí, del colegio!, respondí yo, ¿te llamas…?

– Me llamo ccc ¿te acuerdas de mí?, me dijo.

– Pues…de vista, creo que tu estabas dos cursos por debajo

– Sí, soy del 67

– Yo del 65, soy más viejo, respondí

– Bueno, ¿todo bien?, trabajo aquí al lado. Soy manager del zzz

– Muy interesante…

– Y bien, ¿no somos ricos, verdad?

– Pues no, contesté

– Bueno, me marcho, ya sabes, si necesitas algo, pásate por zzz y pregunta por ccc

– ¡Hasta luego!

El resto del día estuve dándole vueltas a la frasecita no somos ricos, ¿verdad? preguntándome el sentido de la pregunta. Será porque, después de tantos años, en la cuarentena ¿tendría que haberlo sido?; será porque mi forma de vestir informal delataba una posición social determinada (él iba de traje); será que cuando te encuentras con antiguos compañeros de colegio repasamos sucintamente un éxito que ya debería mostrar buena parte de su esplendor…

El caso es que aquel compañero no me preguntó por mi trabajo ni si había formado una familia, preguntas formales que también dan información sobre el éxito, quizás no el económico. El caso es que el encuentro me ha hecho pensar, de nuevo, en mis sueños cuando era estudiante y compañero de ccc. En aquellos tiempos no tenía ni idea sobre lo que quería estudiar ni tampoco tenía demasiado definida mi escala de valores. Ni mucho menos había pensado dedicarme a la docencia. Lo dice un orientador, que supuestamente, debería saber de eso algo.

El caso es que a nuestros alumnos les ocurre algo parecido y, a veces, tengo la sensación de que a pesar de realizar y desarrollar programas de orientación académica y profesional, buena parte de los alumnos tomarán decisiones sobre su futuro atendiendo factores difícilmente controlables desde el centro educativo: aspectos emocionales, las influencias del grupo de amigos, la capacidad personal de hacer o no planes, su autoestima y su confianza para creer en ellos mismos…

Hacemos lo que podemos en el Instituto para que el día de mañana puedan sentir que eligieron trazar su propio camino y que el esfuerzo realizado para intentarlo valió la pena y, de paso, cuando tengan algún encuentro casual con antiguos compañeros, puedan hablar de algo más que ser ricos.

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Un comentario sobre «No somos ricos, ¿verdad?»

  1. Dinero: Sal de mi vida

    Hace poco alguien me preguntó directamente cuánto dinero ganaba en mi profesión de educador, con intención de apartarme de mi vocación al proponerme un empleo mejor retribuido. Sólo acerté a responderle que ganaba… lo suficiente y rechacé una oportunidad laboral que me hubiese permitido ciertos lujos que jamás obtendré. Días después, se me ocurrió una respuesta preferible que le hago llegar a través de estas líneas, en la confianza de que las leerá mi interlocutor, que era de ese tipo de personas inteligentes pero despistadas, que se pasan la vida haciendo cosas que detestan para conseguir dinero que no necesitan y comprar cosas que no quieren para impresionar a gente a la que odian.

    Al principio me quedó la duda de si había sido justo con mi familia, negándoles algunas oportunidades al optar por permanecer en mi campo profesional, que nunca ha estado bien retribuido en comparación con otras actividades. A lo largo de mi vida sólo he descubierto un modo cierto de conseguir dinero: trabajando, con el único inconveniente de que es cansado. Y cuando has elegido una carrera que te apasiona, ya no es fácil dar saltos profesionales sólo para ganar más dinero.

    La misma palabra dinero proviene del ´denario´ romano, al igual que salario procede de la sal, sustancia escasa que desde la edad del hierro se usaba como valor de pago, porque servía tanto para condimentar como para curar heridas y conservar la carne o el pescado. A aquel empresario que creía que el dinero es la lámpara de Aladino, le debía haber repreguntado cuánta sal tenía en su casa. Se hubiese sorprendido, al igual que lo hice yo con pregunta tan absurda, para terminarme respondiendo lo mismo: Suficiente. El dinero debe ser como la sal, o el azúcar… Debes preocuparte si te falta el necesario para vivir, pero obsesionarse con acumular más de la cuenta sólo conduce a la arteriosclerosis o a la diabetes. El dinero es como el tiempo: si no lo pierdes, tienes bastante. Muchos preferimos contar los recuerdos y las gratificaciones que nos aporta nuestro oficio elegido, como si fuera el mejor dinero contante y sonante.

    blog.agirregabiria.net/2003/08/dinero-sal-de-mi-vida.html

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