Reflexiones sobre el modelo de formación del profesorado y el cambio educativo

 

Esta mañana me he levantado inspirado. Después de casi 25 años en la docencia, me pongo a revisar qué está fallando en el modelo de formación del profesorado que no hace que el cambio llegue a las aulas. No quiero hacer una disertación muy estructurada pero sí quisiera compartir reflexiones que me rondan desde hace tiempo y que podrían ser tenidas en cuenta para cambiar el actual modelo formativo del profesorado si realmente queremos un cambio en el sistema educativo.

Un profesor sólo no cambia un centro

Esta es una verdad de perogrullo. Hasta ahora, el modelo de formación del profesorado se basaba en que un profesor o profesora de una etapa o especialidad hacía un curso de formación para , posteriormente, compartir con su claustro los conocimientos adquiridos. Este modelo se sustenta en algunos errores de partida que quisiera enumerar. El primero es que presuponemos que ese profesor o profesora tiene capacidad de transmitir lo adquirido. Al igual que en el aprendizaje, si esos cambios no se transfieren a su propia práctica, si no cambia su práctica diaria, no va a existir transferencia y, por tanto, todo puede quedar en un curso más para el currículo o para completar la formación obligatoria para el cobro de sexenios (en el caso de los funcionarios). El segundo error es que presuponemos receptividad en los compañeros o compañeras de ciclo, departamento o claustro. Puede haber casos de claustros receptivos, desde luego, pero confiar en la voluntad o en la apertura como simple acto de fe es una mala estrategia para el cambio estructural, que es el objetivo que perseguimos. Por último, y una razón de calado, la cultura docente en España es la de “cada maestrillo tiene su librillo” lo cual se traduce en que en mi aula yo hago lo que quiero y tú haces lo propio en la tuya. Me dicen algunos compañeros que al cambiar tu aula entonces el resto se fija en tí y poco a poco van cambiando… nos pueden dar las uvas si confiamos en esa estrategia.

La formación a distancia

La formación a distancia es el modelo de formación elegida por la Administración educativa en los últimos años. Todo docente que quiera mejorar su praxis debe hacer un curso en línea, hacerse la cuenta correspondiente en las redes sociales, usar artefactos digitales, etcétera etcétera. Ese modelo considera, igualmente, que es el profesor o profesora el agente de cambio y que éstos, por diseminación, transfieren a los demás las nuevas prácticas educativas. Aplicad los argumentos anteriores a este modelo de formación cuyo máximo beneficio es el considerable ahorro económico, además de una privatización encubierta del modelo formativo. La ausencia de medición del impacto de los cursos en las aulas invalida por completo el uso de este sistema de formación como el elegido para formar al profesorado, aunque pueda ser útil para otros contextos. Descansar la formación continua del profesorado del sistema educativo en hacer cursos en línea es un error estratégico. Imaginemos a los médicos haciendo lo mismo. En absoluto estoy en contra de que exista formación en línea que use la potencia de Internet y las redes para actualizarse pero no que éste sea el sistema elegido por la Administración para actualizar al profesorado. Puede ser un canal de formación secundario y voluntario, del que no dependa, en modo alguno, el cambio estructural en las metodologías docentes.

El papel de los equipos directivos

No hay cambio posible en un centro docente que no pase por el liderazgo pedagógico, organizativo y emocional de un equipo directivo que sea capaz de aglutinar a los profesores y profesoras en torno a un proyecto educativo, una misión y una idea compartida de qué es la educación. Naturalmente, eso no excluye el debate, imprescindible, las diferentes visiones sobre la forma de trabajar, la organización, etcétera. El equipo directivo es responsable de promover la participación del profesorado (también de alumnado y familias ) canalizar los debates, llegar a consensos, generar sinergias aceptando la diversidad del propio claustro, actuando de forma inclusiva para que nadie se sienta fuera del proyecto y tenga su cuota de implicación y responsabilidad en el mismo. Hablo de valores, hablo de misión, de identificación con nuestra tarea. Doy por hecho que todos somos profesionales con nuestro trabajo pero entendamos, que si no actuamos compartiendo unos valores pedagógicos comunes (los mínimos necesarios), no hay una diferenciación ni una forma de educar común, no hay proyecto educativo, sólo papeles. Este aspecto es, definitivamente, el más importante en mi opinión, para hacer que un centro tenga una identidad propia y genuina, con la que toda la comunidad educativa se sienta identificada.

Los cambios se dan en los claustros o no se dan

Los claustros son el agente de cambio del sistema educativo. Ahí estamos todos los profesores pero quiero poner en valor a papel colectivo del claustro. Claustros que debaten, que deciden y que actúan en común, aceptando la diversidad del profesorado, pero en común, de forma inclusiva. Cualquier decisión pedagógica sobre metodología, evaluación, organización curricular, etc, si no es aceptada y asumida como propia por los claustros, no va a tener el impacto necesario para el cambio. Es más, si no hay un mínimo común pedagógico, incluso es contraproducente porque muestra formas contradictorias y aún opuestas de trabajar. Preguntemos a los alumnos y familias para entender esto. Sobran explicaciones.

Los niveles, ciclos y departamentos… ¿y los equipos docentes?

Si descendemos al nivel más cercano a la praxis educativa, las decisiones adoptadas en claustro se llevan a la práctica en los niveles, ciclos y departamentos. La figura del equipo docente, especialmente en Secundaria y Bachillerato, es la gran olvidada y es clave para que las medidas se desarrollen con coherencia y tengan el impacto deseado. Es un error gravísimo en la organización escolar de los centros, que no existan reuniones de equipos docentes todas las semanas para hacer seguimiento de los grupos, para ver las medidas in situ, para hacer ajustes metodológicos, etc. Es más, ¿por qué no dar continuidad a los equipos docentes durante unos años, como se hacía en Primaria cuando existían los ciclos? Nos aseguraríamos de tener un conocimiento exhaustivo del alumnado y de que las medidas se toman a medio plazo, huyendo urgencias innecesarias. En este último nivel, hablamos de lo más concreto, de lo que hacemos en las aulas y es donde las decisiones tomadas por los claustros o la propia Administración, se llevan a cabo ajustándose a las realidades diversas de las aulas. Equipos docentes, también en Secundaria, por favor.

¿Entonces, cómo formar al profesorado?

Comencemos por analizar lo que hay. Coexiste un modelo dual de formación. Está basado en cursos en línea y eventos, de un lado, y los seminarios en centros, de otro lado. Los cursos en línea no tienen impacto alguno en aula y centro, sirven para privatizar la formación y hacer creer al profesorado que las TIC son el cambio educativo junto a la pléyade de eventos variopintos, públicos y privados, con personajes mediáticos, docentes o no, que muestran la revolución educativa en marcha que no acaba de llegar nunca, casi siempre bajo el patrocinio de una u otra empresa. Estos eventos de gran visibilidad mediática cuyos protagonistas gozan de gran predicamento, no tiene impacto alguno en la praxis del aula, más allá de los docentes individuales que hagan cambios en sus contextos. Naturalmente, algunos centros educativos están en el candelero como modelos a seguir, porque han conseguido cambios significativos. Cuesta mucho, muchísimo, diferenciar propaganda de realidad, y no pongo en la mano en el fuego más que por algunos centros muy concretos que responden no a los cambios mediáticos que conllevan metodologías con nombres en inglés y mucho apararataje tecnológico, sino a los criterios descritos de cambios en claustros, equipos docentes y proyectos educativos, tras años de trabajo y con muchas dificultades para desarrollarlos. Esos centros, curiosamente, no seleccionan a su alumnado y funcionan teniendo a sus claustros y directivas como la mayor herramienta de cambio.

Finalmente está el modelo sin explotar. El trabajo en los centros, con claustros, ciclos, departamentos y equipos docentes. Ahí es donde deberían estar centrados los esfuerzos. Es una formación a la carta, diferente para cada centro y que debería estar necesariamente incluida en el horario laboral. Una formación que atienda a cualquier aspecto que un centro reclame previa reflexión necesaria y obligatoria por los claustros acerca de la organización escolar y curricular, la metodología y la evaluación. Realizado ese diagnóstico, entonces cada centro va a demandar que se inicie un proceso de reflexión-acción participativa, con ayuda externa para que vaya dando pasos de cambio reales, asumidos por todos y puestos en práctica en ese proceso de forma que no sea un curso teórico más sino una parte de nuestra función docente. Reflexión sobre la práctica  para mejorarla.

Una vez iniciado este proceso, llega lo más difícil que es la puesta en marcha de cambios. Habrá errores, habrá disfunciones pero si incorporamos la mentorización entre los propios docentes, la apertura de las puertas de las aulas, la inclusión de varios profesores dentro del aula de forma permanente, entonces, el cambio es imparable. Aprenderemos unos de otros, reflexionaremos sobre lo que hacemos, corregiremos errores, gestionaremos procesos y tiempos… es un modelo más a largo plazo pero de mayor calado transformador.

Necesitamos ayuda… nuestra propia ayuda

No estamos locos, sabemos lo que queremos. Los profesores y profesoras queremos hacer bien nuestro trabajo, sabemos que tenemos limitaciones y que el sistema hace aguas. Somos responsables de nuestra parte, por eso, necesitamos ayuda. Pero no de un gurú educativo o una empresa que nos venda el último avance tecnológico; tampoco de la última metodología escrita en inglés que posiblemente lleve cerca de cien años desarrollándose en escuelas de todo el mundo. Necesitamos equipos directivos que lideren el cambio, a nuestros compañeros del claustro, a las familias, a la Administración en entienda que dentro de nuestro trabajo la formación es parte fundamental y nos facilite los espacios y tiempos para desarrollar metodologías de reflexión sobre la práctica para el cambio.

¡No puede ser tan difícil!

 

Semillas del cambio (educativo)


Durante años he leído (y he sido partícipe de ello) que el cambio educativo iba de la mano de prácticas disruptivas que ponían patas arriba lo que se venía haciendo hasta ahora. Se habla de educación transgresora, de educación líquida, de rEDUvolution, de aprendizaje ubicuo, de dar la vuelta a la clase… la lista es interminable. Normalmente, estas prácticas se han desarrollado en los márgenes del sistema para, poco a poco, tomar carta de naturaleza con la intención de generalizarse, o al menos esa era la intención.

La realidad es que el cambio educativo es muy difícil, es una quimera diría yo. Formamos parte de una estructura férrea y sólida como pocas, impermeable a vaivenes políticos, legislativos y sociales, ajena a los avances científicos que en cualquier otro campo se incorporan con entusiasmo. Hablo del sistema educativo, naturalmente. Ha sobrevivido sin inmutarse los últimos doscientos años y no está excesivamente preocupado en que no cumpla con las funciones que le son encomendadas por la sociedad. A pesar de ser enormemente ineficaz, a pesar de ser manifiestamente mejorable, cuenta con entusiastas dentro y fuera que se encargan de que nada cambie, de que todo siga igual.

Pero yo quiero cambiar

Durante los últimos diez años he abrigado la esperanza de un cambio en la Escuela de la mano de las TIC. Me he implicado personalmente en colectivos como Aulablog con los que he compartido ese mismo sueño, a la vez que prácticas y experiencias de cambio en el aula. En el seno de Aulablog hablábamos de acompañar los procesos de cambio, de dar soporte, de dar pistas de conectar a profesores que estaban atrapados en sus claustros.

Sin embargo, en este largo camino he visto como el cambio ha resultado doloroso y difícil para muchos docentes, porque proponíamos objetivos demasiado ambiciosos o simplemente porque las propuestas suponían un cambio radical en las prácticas educativas que venían haciendo. El resultado es el mismo: comenzamos algunas prácticas nuevas pero en lo sustancial la enseñanza sigue siendo la misma ya que éstas son abandonadas al cabo de un tiempo.

Sería injusto achacar al profesorado la única responsabilidad en el cambio educativo. Faltaría más. Otros actores importantes, como la Administración y las familias, tienen su parte de responsabilidad. A la Administración le debemos exigir medios, materiales y humanos, que no tenemos; también mayor control del uso de los mismos, y control de la profesionalidad de los docentes; debería, además, proporcionar al profesorado un desarrollo profesional que no sea el mero paso del tiempo. Es un aspecto clave, fundamental. Luego está el tema de las leyes educativas. Pero dejo eso al margen.

Volviendo a mi responsabilidad como docente en el cambio. Decía que he vivido en muchas ocasiones intentos de cambio que no han llegado a buen puerto. Han sido experiencias dolorosas porque sólo hacen que confirmar la inercia y predisponen negativamente a quienes las han vivido para negarse a participar en propuestas posteriores. Un cambio no debería ser doloroso, ni traumático, ni tampoco especialmente difícil. El cambio, eso sí, debería estar acompañado de una voluntad férrea y del propósito de transformar lo que ya hacíamos en el aula.

Los cambios de fondo que he visto en el sistema educativo se asientan en pequeños pasos que se dan día a día y consolidan nuevas formas de trabajar. Se trata de cambios en la metodología, en la convivencia, en la evaluación, en el uso de los materiales curriculares, etc. y en la posibilidad de combinar todo ello para trabajar con otras personas fuera de tu aula, gracias a Internet.  Es imposible querer cambiar de golpe todo, así que hay que fijarse pequeños objetivos en los que introducir los cambios, probarlos en el tiempo, evaluar sus efectos y consolidarlos. Y así una y otra vez… en un proceso largo e interminable, como la vida misma.

Hablo de cambios, además, que son colectivos, no estrellas de un aula, asumidos como propios por los claustros que se identifican con los mismos. El soporte de la comunidad de profesores en Internet es necesario para no sentirse solo pero nuestro trabajo se realiza en un centro educativo concreto, con compañeros, alumnos y familias concretas. No olvidemos que cualquier actuación que no mejore lo que hacemos en nuestro centro tendrá siempre algo de fracaso. Por eso, los esfuerzos, los desvelos, las invitaciones y las reflexiones tenemos que hacerlas dentro del centro aunque después las compartamos fuera del mismo. No sea que las semillas del cambio sólo sean semillas virtuales.